martes, noviembre 13

Un labial rojo


Hola :) Éste es el cuento que me publicaron, que ganó una mención y ahora entró en el Yo te cuento de Oro que se editará en 2019. Lo pego aquí a pedido de muchos y muchas! 

Un labial rojo

Es sábado, es otoño, tengo 26 años y estoy sola­. En tardes como ésta me siento rebotar contra las paredes de mi monoambiente. No sé si le temo más a esta soledad o a la autocompasión que empieza a inspirarme.
Está por anochecer y cae una leve llovizna cuando enfilo hacia la avenida Cabildo en busca de gente moviéndose, librerías bulliciosas, olor a café y garrapiñadas; una película para ver. Entro en un Farmacity; me acerco a la góndola de maquillajes y me tomo unos cuantos minutos para elegir mi primer lápiz de labios rojo. Lo hago con detenimiento. Necesito dar con el tono justo. Examino: carmín, coral, carmesí… Me decido por el Sangría Ice, intenso y cremoso. Al salir me siento equipada para lo que venga.
Sigo camino en medio de la tarde cada vez más oscura y fría. En un quiosco compro un paquete de gomitas de eucalipto y una Paso de los Toros.  Después cruzo al Arteplex, que proyecta su luz menta sobre la avenida. Saco una entrada para una película italiana que dura más de tres horas. Mientras subo las escalinatas hasta el baño, noto que junto a cuatro jubilados constituimos todo el público de la sala. Me paro frente al espejo e iluminada por un tubo fluorescente, agarro el lápiz, le arranco el código de barras y me lo paso por los labios dos veces. Lo hago con cierta exageración torpe, casi melodramática. Todo lo que quiero es un rojo escudo para mis ojos, mis facciones. (Tal vez, pienso ahora, mi mirada y mis emociones).

Con los días compruebo eso que leí por ahí de que el rojo en los labios retiene las miradas un par de segundos más que cualquier otro color. Debe ser que me lo tomo demasiado en serio porque ahora, al otro lado de la mesa en el restorán peruano de la estación Echeverría, mi amigo Federico me observa con ojos divertidos. Pone entre dos dedos una servilleta de papel y me la alcanza:
− ¿Qué?
− El labial, sacate un poco – dice, y ríe.

A los árboles ya no les quedan hojas cuando con mi amiga Ana armamos plan para la noche del viernes.  No me siento del todo linda. Me pongo un vestido amplio dentro del que moverme cómoda, medias negras y un par de botas. Suelto los rulos y remato con mi labial nuevo. Salgo. Todavía nada sugiere que esta noche va a nacer mi gran historia de amor.

Pasan semanas y noto cómo de a poco el rojo se vuelve talismán de nuestros primeros encuentros: augurio y garantía de sus besos. No me preocupa que el color se pierda entre sus labios y sus Cuba Libre.  No hay relojes, ni deberes, ni cansancio. No hay diferencias, sólo afinidades. No hay capricho, sólo necesidad.  Hay un ir y venir entre el living con sus discos y tragos y la habitación, con sus persianas bajas y su cama deshecha. Lloro de miedo y belleza al comprender que estoy enamorada.
Después, de a poco, y sin saber cómo, las madrugadas elásticas van cediendo territorio. El tiempo - el nuestro-  se empieza a medir en meses. El vestido deja su lugar al jean, el taco a la zapatilla, el labial al brillo transparente. Ahora mismo, por ejemplo, miro una foto. No recuerdo el cumpleaños de quién era. Lo estoy abrazando,  perfectamente maquillada, los ojos brillantes, los labios sonrientes. ¿En qué momento eso que era imprescindible se vuelve excesivo?, me pregunto.  Se pierde en seducción pero se gana en complicidad, me contesto.
Llevamos viviendo juntos un año cuando en nuestro viaje a Nueva York compro un lápiz de labios más sofisticado. De un lado tiene líquido rojo, del otro un gel transparente para fijar el color. Es inquietante cómo en el neceser los maquillajes se corrompen. Ese que en la publicidad se veía único y que en tus manos refulgía, ahora es uno más, vacío hasta la mitad, con la tapa rota, el plástico antes transparente sucio de sombra de párpados. Uso el nuevo labial la última noche de nuestro viaje, cuando me propone casarnos.  Lo pierdo antes de volver.

Peleamos mucho, pero celebramos puntualmente cada aniversario. Los primeros con regalos, brindis y cartitas. Los últimos con inercia y pereza. Para qué desempolvar el juego de la conquista, para qué ponerse el disfraz si en un par de horas vamos a ser los mismos: mismo vos, misma yo. Hay un retaceo bobo en esta disyuntiva entre celebrar el amor o dejarlo donde está. Y después, ya siendo padres, el recién llegado se vuelve coartada perfecta para esa mezquindad amatoria.

Hace un año que soy madre. Maquillarme es tapar mis ojeras.  Puestas así, una cosa  parece consecuencia de la otra. Pero en realidad estoy ojerosa porque estoy cansada; estoy cansada porque duermo mal y lloro mucho. Y si nadie se pinta los labios para gritar cosas feas yo no soy la excepción. Los alaridos furiosos e impotentes se abren paso entre mi boca desnuda y reseca. Estoy rodeada de marido, hijo y mascotas pero me siento desprovista como en aquel monoambiente a mis veintitantos.  Miro el viejo labial. Pasaron siete años y está tan gastado… el lápiz y todo alrededor.

Como le debe suceder a toda pareja que se quiso mucho, se nos concede un último encuentro pleno. Acontece en un restaurante cálido y chiquito sobre Avenida de los Incas. Hay una vela encendida y tomamos vino. Nos decimos cosas lindas, nos miramos con entusiasmo y deseo, reímos con lágrimas. La puerta de nuestra historia se entreabre para recordarnos eso que de vez en cuando podíamos ser. Pero en el amor, está claro, no es lo que habría sido ni lo que debería o podría ser. Es lo que es.

With a smile in your face and a tear right in your eye: Con una sonrisa en tu cara y una lágrima asomando en tu ojo, canta, semanas después, Mick Jagger a través de los parlantes del auto. Anochece el domingo y con la cara todavía llorosa lo sé: es la última vez que los tres vamos como familia a algún lado. La última que viajo como la esposa a la derecha. Lo comprendo con una de esas certezas agridulces donde se mezclan la aceptación y la tristeza. Por alguna razón la canción me hace sonreír. Shine a light: una luz que brilla. Mi sonrisa se expande mientras, a través del vidrio, veo pasar la ciudad oscura.

Pero la palabra aletea y se posa sobre mi relación, mi matrimonio, mi amor. “Fracaso”.
Tal vez la que fracasa es la idea del para siempre, pienso ahora, mientras me paro frente a un espejo en la planta alta de mi casa. Le sostengo la mirada a esa que está ahí. Está a cara lavada, flaca y extenuada. El pelo apagado, los ojos pequeños sobre dos surcos violáceos. Estoy a punto de darme vuelta para no verla más, pero por alguna razón ella decide soltarse la melena y desordenarse los rulos con las manos. Nos espiamos de costado. Arquea las cejas. De pronto pesco un brillo cómplice en sus ojos.
− ¡Estás ahí! − le digo.
Ella no me contesta, pero sonríe, y con la cara bañada en lágrimas se sienta a escribir una larga carta de amor y despedida. “Perdoname, amor de mi vida. Perdoname por soltarte”, termina.
A la noche, ya reunidas – la espectral y la que consigue oír una musiquita vital a lo lejos – nos acostamos entre unas sábanas que nos envuelven y acarician como si nos esperaran hace tiempo. Dormimos con la serenidad del cansancio más profundo.
Por la mañana vamos a comprarnos un labial rojo y nuevo.


4 comentarios:

Mariana con Alma de Valija dijo...

Fue empezar a leerlo y no poder soltarlo más. Te leí y te vi en este cuento. Con la delicia de las palabras bien elegidas. Con esa pluma ágil y verdadera.
Hermoso leerte siempre. Hermoso saber que siempre nos queda una mañana nueva en la que salir a comprarnos un labial rojo.

Teresa Oliveri dijo...

Me encantó Ceci,una forma muy bella de contar el dolor y también el volver a comenzar. Genial.

Flor El castigo de Adán y Eva dijo...

Felicitaciones Ceci por la publicación! Más que merecida. Adoro este relato y la capacidad de encontrar en un labial la posibilidad de narrar la vida entera. Me copa tu manera de escribir. Besos enormes

Florseriayo dijo...

Este cuento es tan bello. Tan triste y tan vital que brilla. Felicitaciones Ceci linda!!