martes, junio 21

yoga.



Le queda hora y media a este martes en el que, además de celebrarse el comienzo del invierno, internacionalmente se festeja al yoga. Y yo quiero usar la efeméride como excusa. Porque hoy entendí más que nunca lo importante de una práctica -ésta o la que sea- que una cuerpo con mente. Ustedes que me leen por acá, e incluso si me siguen en mi Instagram, saben que soy una buscadora espiritual. (Sí: digámoslo así, aunque suene -eso que tanto temo- esotérica o mística). Me refiero a que soy una preguntona-barril-sin-fondo que quiere saber el por qué de todo y que busca los caminos de acceso a la verdad y la paz.

Bien, un día sin hacerlo del todo conciente, algo en mí comprendió que ya no había forma de seguir ejercitando el cuerpo como si fuera esa carrocería más o menos agraciada que transporta tu cerebro a todos lados. Fue a la vuelta de un breve viaje a Mar del Plata donde no sólo no visité a mi familia, sino que me alojé en un hostel de surfers y tomé clases con ellos. La propuesta -dirigida a un grupo de periodistas- era conocer el deporte de las olas desde dentro y hacer notas donde mencionáramos a la marca que auspiciaba. Fantástico. La última tarde logré pararme sobre la tabla, y sentí el mar deslizarse por debajo de la tabla. Fue una de las sensaciones más mágicas y deliciosas que haya experimentado.

Al volver, desde la vereda de enfrente sobre Luis María Campos, vi mi gimnasio, al que había ido ob-se-si-va-men-te durante cinco años y comprendí que ya no podía meterme entre esas cuatro paredes para que mis músculos - a fuerza de repeticiones en artefactos de acero - se pusieran más voluminosos y tensos. No, no. Ya no. La minita que entrenaba casi dos horas hasta cinco veces por semana -incluidos los domingos- encontró una distancia ridícula entre lo que hacían esos surfers con sus trajes, el frío, la sal, el sol en la cara, los brazos remando desde la orilla hasta enganchar otra ola y esos otros flacos que hablaban sobre esteroides y dietas proteicas mientras pispeaban de reojo su silueta en el espejo.

Pero no fue enseguida que llegué al yoga. Pasaron unos meses hasta que -fumando un porro sola en casa. cobré plena conciencia corporal y, escandalizada por mi mala postura, escribí con rojo en una hoja gigante: "Empezar yoga". Al día siguiente -sería abril de 2007- empecé mis clases en Ananda Yoga, el mismo centro donde volví a inscribirme hace casi tres meses.

¿Qué encontré? Bueno, quizás ustedes lo puedan decir mejor que yo. O mejor dicho: lo que cada uno encuentra es muy personal. Así que sólo puedo hablar por mí. Me encontré con la posibilidad de alinear cuerpo y mente -lo que les decía más arriba. Nada menos. Es decir: en esta práctica por más que te pongas ahí, y hagas más o menos lo que te dicen que hagas, no llegás a ningún lado si eso no lo acompañás de conciencia e intención. Debés llevar tu atención, tu percepción, a distintas zonas de tu físico, para conectarlas entre sí, y conectarte vos con ellas. Como consecuencia, durante al menos una hora, estás en estado presente, algo que no nos permitimos ni siquiera cuando viajamos a solas en el subte o el bondi. Obvio que podés hacer trampa y no estar. Pero al salir queda tan en evidencia que a la única que engañaste fuiste a vos misma, que probablemente no lo vuelvas a hacer.

Entonces sí, están las posturas, el uttanasana, adho mukha, mula bandha y ZARAZA -porque yo yogui no soy- y sí, está la que se cuelga muy esplendorosamente, el que respira fuerte, la profe menos paciente, el compañero viejo que no caza una,.. el incienso, los mats, los almohadones, sogas, los mantras de la relajación, y toda la parafernalia. Pero ante todo está esta posibilidad abierta -y optativa- de dejar eso que llamás preocupaciones en la puerta, y conectarte con tu respiración, tus latidos, tus tensiones y distensiones y tu musculatura, Si tenés una buena relajación sobre el final podés llegar a lugares insospechados. (En aquellas primeras clases yo siempre terminaba llorando porque algo me llevaba de golpe a rincones inesperados de mi infancia). También podés llegar a buenas conclusiones, o al menos a despejar la cantidad de pelotudeces que tenías en mente camino a la clase; al punto que al salir te preguntes "Qué carajo era lo que me tenía mal?".

Este estado lo podés lograr -seguro lo conocen- a través de otras prácticas. Yo lo alcancé en menor o mayor medida corriendo, nadando, bailando y haciendo origami.  Pero; corriendo a veces me ponía competitiva y/o me dolían las rodillas; nadar se complica si no tenés pileta cerca; bailar tiene que ser de forma guiada, al menos para mí que si no termino payaseando o haciendo una cosa extática poco meditativa; el origami no ejercita tu cuerpo. Además el yoga tiene una GRAN conveniencia, y es su absoluta portabilidad. ¿Hay algo más portátil que tu propio cuerpo? ¿Y accesorio más accesible que tus pies descalzos? No lo creo. He hecho yoga en todas mis casas de Buenos Aires, en Mar del Plata, en la isla de Comandatuba, en Itacaré, en Montevideo, en Punta del Diablo, en Praia do Rosa, en San Pablo, en Nueva York, y en Europa creo también.  Nada, no necesitás nada más que arrancar.

La enseñanza para tu ser es esa que decía más arriba: estarse cien por ciento presente. Concentración, atención plena, percepción, conciencia, intención. Los profes te insisten: no importa si no me alcanzo a tomarme los pies, yo imagino que sí. Eso es visualizar. Y es genial. Porque entonces ponés a todo tu ser: mente, cuerpo y espíritu, a trabajar con el mismo propósito.

Yo tomé clases en Ananda, Indra Devi, deRose, Rosy Ramírez (una profe en el centro) y de nuevo en Ananda. Hice Hatha, Swasthya y ahora conocí el Kundalini. (Nunca probé el Ashtanga porque -supongo- la repetición y la intensidad me intimidan).

A mí me falta muuucho yoga, Paso demasiado tiempo doblada sobre la compu y eso me cierra el pecho, me sube los hombros, me tensa las cervicales, y bla. Pero puedo decir que la que sea y donde sea, te va a hacer bien.

Ahora que le queda menos de una hora al Día Internacional del Yoga, y tras este encendida entrada de propaganda para esta práctica, espero haber sido lo suficientemente persuasiva para que al menos una persona que la haya leído considere la posibilidad de tomar una clase.

Cueéntenme sus experiencias (o inexperiencias) con el yoga,
Las quiero, pronto vuelvo a contarles más y más cosas.

c.

miércoles, junio 1

sincronías.

Hay sincronías que te hacen pensar que el universo en verdad te está diciendo algo.

El año pasado, después de decidir -desvelada, de madrugada- que iba a volver a Sosloqueamás - como ustedes saben, cerrado por más de un año por ese hecho que me había sumido en la incomprensión- me levanté, desayuné, entré al Facebook y me encontré con que mi relato de ese hecho había ganado el primer premio de Crónica Breve de Anfibia.

Todo el círculo cerraba. Bueno, parecía cerrar: ayer me encontré llorando por primera vez desde aquel día. Mucho lloré. (Si alguien no sabe de qué hablo puede entrar acá).

Hoy, después de leer un mail de mi abogado, avisando que acababa de salir la sentencia de divorcio -adjunta en ese correo-, también entré al Facebook y me encontré con las primeras imágenes del libro donde va a aparecer mi cuento "Un labial rojo": una autoficción breve sobre la historia de esa pareja que hoy la ley dio por disuelta.

No parece estar demasiado oculto el mensaje en todo esto...ustedes qué dicen?