lunes, febrero 29

barrio.

Hace un ratito salí a comprar un vino, lo llevé a Rolfi conmigo, soplaba por las veredas de Ortúzar esa ventizca de cuando está por llover. La rotisería de Zori ya estaba abierta iluminando la esquina de Holmberg y Fraga. Sobre Triunvirato dos chicos de gorrita y ropa deportiva esperaban el bondi; en otra parada un 71 depositaba a una pareja con un bebé en cochecito; en la puerta del chino un grupito tomaba cerveza; el chino terminaba su pucho y el verdulero se ofrecía a cuidarme al perro. Agarré la botella, pagué y salí casi tan rápido como había entrado. A la vuelta, aunque implicara unos metros más de caminata, decidí evitar la avenida. Doblando por Chorroarín estaba el almacenero -si cabe llamarlo así- que combina en su cabeza una pelada y una colita de canas largas. Es el dueño de "Creaciones Barbosh", el negocio más enigmático del barrio, donde nada que alguna vez se haya roto fue reparado, donde unos pañales de adultos se destiñen tras la vidriera sucia y rajada, donde siempre hay tres tomando mate o birra (según la hora) y un perro persigue al mío mientras su dueño lo caga a puteadas. Eso, y la luna siempre visible, definen más o menos la noche en Ortúzar.

Y el día, ah, el día.

A las cinco am arrancará su actividad el Centro de Abaratamiento,  donde Chris, Vivi o Marta van a pesar frutas y verduras con su eterna buena onda y esos precios que convocan multitudes. Un poquito más allá abrirá el segundo negocio más misterioso de Ortúzar, uno que tiene dos o tres productos Pampero, dos camisetas, alguna prenda de bebé y un cartelito que dice "Toque timbre". (Nunca supe cómo sobrevive ese local. Pero van casi cuatro años y está vivito y coleando). Más allá, levantará su persiana el chino de la china macanuda que mira novelas chinas en su tablet seguramente china, donde no hay carnicería (tampoco que nos importe demasiado) pero sí yerba Playadito, Dadá a buen precio ¡y pago con débito!.

Pegando la vuelta por Holmberg, en la panadería Nuevo Mundo (supongo que hay una con ese nombre en cada localidad de este país), Silvia, con sus dos brazos gordinflones, va a servir chipás, o esas facturas de ricota que todavía no vi en otro lado. Ahí mismo, cuando vuelva a caer el sol, se reunirán los vecinos a hacer puerta, tomarán mate y darán las buenas tardes al que pase mientras sus hijos van y vuelven con triciclos y bicicletas.

Tomando por Roseti, una vendedora sonriente abrirá la puerta de L´Epi, de Bruno y Olivier, los franceses que se la jugaron a poner una panadería chic en esta barrio de talleres mecánicos y gasistas matriculados y la pegaron. Sonará una canción tenue en ese paraíso de harinas y manteca que no conviene frecuentar mucho más de una vez por semana. (Mascotas son bienvenidas, pero si molestan mucho, Bruno te las cuida afuera).

Yendo derecho desde esa esquina en dirección a Álvarez Thomas en el entrañable Oriente se estarán sirviendo cafés con leches y medialunas. Oriente es entrañable en el sentido más estricto del término. Querible de sólo verlo, con sus aberturas verde agua, sus azucareras de vidrio, sus servilleteros de pizzería, sus dueños - Gerardo y su hermano cuyo nombre se me escapa hasta que cruzo la puerta (¿Fernando?)-, y su habitué con voz de Coco Basile que entre pucho y pucho da cátedra sobre cómo vivir la vida. Un bar que fue sede de mis sesiones puérperas de terapia; que me recibió a tomar Sprites con hielo y limón cuando necesitaba pensar sola; que nos ofreció cervezas heladas con picadas de yapa los primeros meses con Martín.

Hacia las 9, 30 llegará Fernández, el bicicletero bonachón y abrirán sus puertas el vivero Jardín Interior y la farmacia del señor de labio leporino, que es un amor. Más hacia mediodía una señora se sentará junto a la puerta de Don Chicho, a amasar fusilli al fierrito, recreando la mística que sostiene al lugar ahora que de calidad le quedó poco y unos cuantos autos se pondrán en doble fila para comprar fugazzettas con un kilo de queso en La Mezzeta.

Y en el corazón de todo mañana, pasado y siempre está la placita:  la 25 de Agosto, que me enamoró ya antes de mudarme al barrio. Una plaza con árboles altísimos y sin rejas, rodeada por casas de aires marplatenses.  Con áreas de pasto tan generosas como para jugar al fútbol o tirarse a tomar mate. La plaza donde primero paseó mi perro y después se le unió mi hijo.  Democrática como pocas, mezcla a los chicos de los asentamientos vecinos con los hijos de Wainraich, La mejor plaza del mundo, sin duda.

Quizá lo que más vaya a extrañar de este barrio ahora que me voy.

Tenía que vivir acá, así estaba dicho. Cuando un día le mostré a mi papá la casa que acabábamos de señar, él, que apenas tiene memoria, me señaló la Iglesia San Roque y me dijo "Ahí se casaron los abuelos, y ahí me bautizaron a mí". Tiempo después me enteré de que además a ese colegio parroquial iba Cerati. Fue en casa de Wilma, casi llegando a Charlone,  donde nació Rolfi, hijo de su perra Maga y de Bartolo, el bretón de la cuadra. Fue ahí mismo donde una mañana el Evatest me anunció que Tomás estaba en camino. Fueron las siete cuadras que me separaban del trabajo las que me permitieron durante cinco o seis meses darle la teta en horario de almuerzo, Fue bajo el árbol frente a casa donde quedó Kathy para siempre.

En Villa Ortúzar me habitué a que no  me camine nadie por arriba o por debajo, y a abrir la puerta y salir a la calle,como fue siempre para mí, allá en Mar del Plata.  Muchas veces con Tomás nos sentábamos en la vereda a tomar mate y ver la gente pasar, en las mañanas más silenciosas de la Capital Federal. Y si no, nos íbamos a la terraza, donde se alcanza a oír el piano y la voz de mi vecina Valen, o los pelotazos contra la pared del hijo de Pato, que en estos cuatro años se volvió un grandulón.

Pero tenía que irme. y eso también estaba dicho. Esta casa perteneció a un proyecto que ya no es el mío, esta casa fue el sueño de Pablo, esta casa me queda grande, y varias otras razones (incluidos seguramente los suspiros que durante mucho tiempo le eché a Colegiales, mi barrio destino)

Gracias por estos años de hermosura, Ortúzar querido. Ahora que la lluvia ya repiquetea sobre mi techo de vidrio puedo decirte que me voy sin saber dónde vivía Cerati ni cómo se llama el loco Barbosh, pero segura de que te voy a llevar en mi corazón, donde se tienen todos los lugares donde crecimos.

jueves, febrero 25

mañana, un papel.

Mañana firmamos el divorcio. Es una palabra fuerte, que durante muchos años siguió sonando a tabú. Todavía detecto algo de eso en la expresión de quien la oye de mis labios. (Un gesto seco como de quien está frente a lo réprobo)  Y sin embargo yo la hice tan propia, la acepté dentro y hasta deseé verla materializada a través de un trámite. Cuando tenga que completar en un formulario mi nuevo estado civil el "divorciada" no será nada glamoroso, porque aún resuena el estigma allá en el fondo, ¿No?

Pero quienes me conocen están contentos de que pueda dar este paso. Saben el camino que hizo falta recorrer para llegar hasta acá. Saben - o yo creo que saben, o yo sé- que lo más doloroso fue descubrir un día que se había terminado el amor..... O peor, que sólo con amor no alcanzaba. La gran grieta ocurrió ahí. Ahí se divorciaron mis deseos de mis sentimientos. Mis proyectos de mi realidad. Mi corazón del suyo. El "juntos" del "a la par" que sonó en la voz de Pappo cuando nos casamos.

Hoy nos encontramos acá, a punto de dar este paso. Mi cabeza, siempre tan tajante ella, me dice que dale, que nos separamos hace casi dos años, que qué tanta farfalia ni revoltijo en la panza. Pero cuando hago silencio, y me oigo, cuando hago una pausa y miro dentro, lo que encuentro es un compilado de recuerdos y la frase "Me divorcio de Pablo". Y lo que salen de mis ojos son lágrimas.

Este momento es significativo por su carga simbólica, y porque marca el tiempo que nos tomó soltarnos de verdad. No definitivamente, porque gracias a Dios trajimos juntos al mundo al más luminoso ser que yo haya conocido, pero sí podemos decirnos adiós deseándonos lo mejor, haciendo un acuerdo que contemple el bienestar de los dos (y sobre todo el de nuestro hijo), sin habernos puesto demasiado belicosos (aunque, insisto, haya costado). Nos podemos decir "adiós, fue lindo compartir ese pedazo de vida con vos", con amor.

Lloro tanto que casi no logro escribir.

Quiero decir que al amor le suele tocar una acepción muy restringida. Lo que hay entre Pablo y yo siempre será amor. Estará teñido de mil colores, a veces se esfumará hasta quedar gotitas, a veces aparecerá en forma de carcajada cuando compartimos la última ocurrencia de Tomás  (O como hoy, cuando le mandé fotos de su hijo vestido de murguero, y festejamos juntos porque la murga era algo que nos unía). Ahí va a estar siempre, porque juntos crecimos y juntos nos atrevimos a lo más grande de todo.

Tiempo antes de separarnos le escribí una carta que nunca le dí, en la que terminaba diciéndole "Perdoname amor de mi vida, perdoname por soltarte". Hoy somos dos ya no pidiendo perdón, sino perdonándonos porque, por mucho que intentamos, no resultó como hubiéramos querido.

Todo mi ser necesita dar vuelta esta página. Como siempre digo: ¿es lo que quería? No, pero dentro del escenario como está planteado, es lo más saludable y necesario para todos.

Así que todo esto es para mí ese papel, este divorcio. (Que culmina dejando la casa que compartimos).

Y quiero cerrar esta entrada con una canción que a él lo emocionaba (Y en cuya belleza supe reparar gracias a él), entre tantas que le gustaban, Ojalá ustedes puedan escucharla a todo volumen y con oídos nuevos. La hermosura de estas dos voces que ya no están me hace pensar con alegría y esperanza que de todo lo que una vez existió queda un legado de belleza:


Pd: Prontito contesto comentarios, las quiero muchachada.

jueves, febrero 11

no vienen solos.

- Cómo maduraste este tiempo.- Del otro lado de la pequeña mesa sobre Avenida de los Incas, lo escuchaba - De esa chica, sentada en su box en la oficina con todos los demás, a ésta, con su hijo, su divorcio, su pelito corto..

- Toda una señora.

- No: una mujer.

El diálogo ocurrió anoche. Pero algo dentro de mí sucedió antes.  De algún modo no previsto me amigué con la edad que marca mi calendario, es decir, treinta y cinco años, cumplidos la semana pasada.

Durante meses estuve enfocada en lo que me quitaron. Ustedes ya saben: frescura, dinamismo, espontaneidad, un cuerpo y una piel más elásticos, posibilidades, incertidumbres, adrenalina, irresponsabilidad, algunas ilusiones, ciertos descubrires.

Y ahora veo todo lo que trajeron consigo. Viste esas cosas que de habituales  das por sentadas hasta que te preguntás qué harían sin ellas, como los fósforos para prender la hornalla o la sal gruesa para los fideos?

Ni falta hace que nombre a Tomás, o sí? Bueno, listo, ya lo hice; pero junto con él la experiencia de maternar, de cuidar más de alguien que de vos misma, de cuidarte a vos misma por alguien más. El dar incondicional, ese amor expansivo que bien podría no tener límites. Adquirir cierta practicidad y pragmatismo; , aceptar y hasta querer el segundo plano; sacar una sonrisa de donde no parecía quedar una.

Y fuera de la maternidad ese autoconocerme. Porque cuando pasás los 30, y si estás más o menos conectada con vos misma, ya sabés qué te gusta y qué no; qué cosas adorás y cuáles te sulfuran. (Algunos llaman a eso seguridad, A mí me parece una palabra algo malgastada, pero está bien)

Ahora sé cómo tapar ojeras, alargar pestañas y colorear mis facciones en minuto y medio. Descubrí que el famoso equipete de camisa blanca, stilettos negros y jean no van conmigo, pero comprobé  eso de que la sonrisa es el mejor accesorio de todos. SIEMPRE. Sé a qué cosas me quiero exponer y a cuáles no. Sé con cuántos vasos de cerveza me mareo  Cuánto necesito dormir, que me divierto sin drogarme y que está OK así. Qué es lo que más me gusta en la intimidad. Y que rara vez me pega bien la siesta.

Cuento con mis límites y limitaciones tanto como con mis talentos.

Tras miles y miles de horas de práctica adquirí un oficio: el de escribir.

No me avergúenzo más de mis gustos menos ortodoxos, es más: ¡los embandero!

No me avergüenzo de lo que no vi, no escuché o no leí, porque sé que hay tiempo.

No me avergüenzo si algo socialmente celebrado no va conmigo.

De a poco aprendí a decir NO.

De a poco aprendí a recibir

Y a mantener a raya a las personas con mala energía.

A los ponchazos me amigué con mi soledad.

Me largué a bailar

Me copó escuchar

Me animé a soltar.

Tengo una colección de recuerdos que acuden a mí inesperadamente, y a los que a veces recurro concientemente,

Me permito los momentos pila-pila y los de nostalgia, sin dejar que la euforia o la añoranza me tomen por completo.

Comprendí -aunque a veces se me olvide- que lo oscuro y lo claro coexisten. Que no hay claro sin oscuro ni viceversa, ("No pienses que ya no hay más tiniebla, tan sólo debes comprenderla, es como la luz en primavera").

Y decidí que todo lo que deseo para mi vida es verdad, amor, paz y mucha pero mucha alegría.

...entre tantas pero tantas cosas que trajeron estas tres décadas y media.

 autofoto tomada en mi 35° aniversario

¿Qué dicen ustedes?