lunes, diciembre 21

aura.

Vengo desconectada de mí. Es eso. Eso sentí anoche, cuando me despertó la tormenta en la madrugada y Tomás con una mirada absolutamente clara, sin edad, firme, insistente y sostenida me habló de un señor que me había escupido en la cara, pero que no me iba a llevar. Sentí que no estoy viviendo mi verdad y que no estoy siendo libre. Fue tan claro. Vi que estoy funcionando, sí, pero muy lejos de vivir en plenitud. Estoy alejada de mi esencia, que es sentir con intensidad, dar amor sin medir, soñar de a momentos, fantasear, juguetear con el tiempo y el espacio, conectar a fondo con cada persona en el camino.

La esencia no puede ser mala ni buena. Es. Y cuando la estaba orillando me asusté. Fueron esos meses en que me animé a llevar mi pesar, mi existencia por momentos sobrecargada, al espacio de baile, para encontrarme con mi cuerpo y mi alma. Mi propia intensidad. Ahora mismo, que la siento asomar, algo se activa dentro que me dice “no para qué, no lo hagas, a quién le importa”. Pero decido seguir. Porque en definitiva soy yo, y si estoy acá es para algo más que esconderme de mí misma. La campanita de la racionalidad, de esta adultez que cargué de atributos negativos, suena, resuena, y de a ratos elijo oírla sólo a ella. Los sonidos del afuera; ponga donde los ponga, siempre me van a decir que me aleje de ahí, porque quema. Pero si no soy yo en este mundo, quién voy a ser. Si tengo un caudal amoroso que decido recortar por miedo, a dónde va a ir a parar todo ese amor. A quién voy a privar de recibirlo; cuántos momentos que podrían ser iluminados serán sombríos, o apagados, o tibios. Cuántos de mis aspectos -y por cuánto tiempo- voy  a seguir ocultando hasta de mí.

Mi esencia es dar amor. Hoy lo entiendo. Y ese amor no tiene nada que ver con el poder, ni con el medir. Es un amor que me permito alumbrar cuando estoy con chicos por ejemplo, donde me siento libre de ser, de expresarme, de reír, jugar... donde no me siento juzgada, sino un par.

Cómo se traslada a lo profesional, a un medio de subsistencia, no lo sé. Pero no es el momento de pensarlo. Creo que hay mucho camino que hacer antes de eso. Amarme a mí misma como vengo, como soy, después a mi entorno más querido, después al mundo. El miedo me está cohibiendo este camino. Mi sensibilidad es tan grande como mi autoexigencia. El amor que tengo para dar está pidiendo un campo a donde expandirse, y yo estoy eligiendo mirar hacia el costado, siempre con alguna justificación del orden de lo concreto, para no animarme.

Ahora entiendo. Cuando bailaba estaba yendo hacia ahí. Empezaba a ver a los demás como seres llenos de luz y de amor, coexistiendo, conviviendo con mi propio ser, en una dinámica nueva, alejada de los nombres propios, de lo geográfico, los sí, los no, los pero, los sin embargo.. las racionalizaciones. Era un modo nuevo de ver. Somos todos seres haciendo nuestro recorrido, encontrados casual o causalmente en un tiempo y espacio para mirarnos y compartir algo.

Mi propio hijo lo es. Mi amor Martín lo es. Mi papá, ahora con su enfermedad, lo es. Mi hermano, mi hermana, mi mamá. Mis hermosas amigas. Esos desconocidos con los que empecé a compartir la pista. Mis sobrinos, mis alumnos. Gerónima. Madeleine, mis compañeros en Eter, Rolfi.


Sé que cuando logro sintonizar con quien soy el mundo se alinea en apariencia milagrosamente. Todo fluye, todo es abundancia, el aire huele bien, la luna brilla más (y me acuerdo de mirarla), el sol de la mañana es un regalo; una canción es un trocito de belleza sonando para mí; las plantas son esa magia que florece con colores; cocinar y comer es todo un festín; una charla con una amiga es una bendición; mi cama un lugar donde descansar. Cuando me animo a esa sintonía cada cosa es un plus, y no un ladrillito para levantar más paredes, o rellenar algún hueco. Cuando estoy así me percato hasta de lo más ínfimo; me río. Nada es trabajoso. Y vivir es una fiesta. 


(Esto está escrito después de una lectura de aura. Háganme acordar que les cuente de qué se trata.
Gracias por siempre leer lo que escribo. A la Cecilia más verdadera.)

martes, diciembre 8

imperfecta.

Veía una película. Lo suficientemente buena para engancharme. En la escena final ella decía "Y bueno, la podían querer, así, con sus colmillos afilados, su cola larga..." Imagínenese a Natalie Portman comparándose con un cocodrilo. Bueno, me tocó el punto justo sobre el que pivoteo estos días en que me siento tan mal.

Siempre miré con admiración y perplejidad a esas mujeres que hacen un show de sus defectos "Ah, sí, yo soy re perra". "¡Yo te las canto!", "Él ya sabe que yo soy polvorita", "Ah, yo soy así, si no te gusta no me mires".

Mi incredulidad nace del hecho de que algo o alguien me convenció de que a una la aman porque se lo ganó, porque se lo merece. Alguna cuestión del orden del mérito. Tenés que ser linda, buena e inteligente si queres tener chances de clasificar. (En terapia alguna vez hablamos de ese periodo difícil en que el amor de mis padres no venía de manera incondicional. Seguro tenga algo que ver).

Pero ...¿Quién quiere creer algo así? ¿Por qué evité  por tanto tiempo pensar que a una la aman por lo que es, sin esforzarse tanto, sin intentar complacer, sin tanta sed de perfección?  Quien te ama no está midiendo con ese tipo de vara, y quien no te ama, menos aun. La que entra a funcionar es una vara propia, que se alarga y alarga (si seré víctima de su extensión elástica).

Me está costando este post, siento que me estoy enroscando sin ir al punto Digo que necesito bajar las defensas y asumirme imperfecta, aceptar que me quieran así. Aceptar que de hecho me quieren así. Aceptarlo sin boicotear esos amores por ilegítimos e inmerecidos.

Ojo, cuando digo imperfecta no hablo solamente de que soy despistada, o de que soy narigona. Hablo de que a veces soy cruel, veces soy sarcástica, a veces soy egoísta, a veces soy celosa, insegura, otras descuidada.Y a veces hiero.

¿Y saben cuándo hiero? Justamente cuando me defiendo. Cuando quiero desmentir como sea eso que no quiero ver. Ese rasgo, esa actitud que me convierten en una humana con flaquezas. (Me tengo que defender. Esa no soy yo. No me vean así. No. Por favor, cómo no se dan cuenta de que yo en verdad soy toda buenas intenciones).

Por momentos siento que esa vara con la que me mido ya no me es funcional, No quiero ser perfecta porque me da mucho trabajo y porque además... nunca lo voy a ser. Mi propia exigencia no me deja respirar bien.

No sé si será tarde para hacer un cambio de este tipo, pero de verdad siento que  si pudiera virar hacia ese ángulo andaría mucho más liviana si me permitiera ser más libremente. Siento que me ahorraría mucha pero muchísima nergía, y andaría más suelta.

Quiero vivenciar mi cuerpo y mi personalidad  con más aceptación, hasta quererlos.  Quién te dice un día llegue a amarme.