jueves, octubre 29

donde está mi estrella.

A la vez que la euforia me impide concentrarme en lo cotidiano -explicarle algo a un alumno, cocinar, contestar un mail de laburo, chequear el cuaderno de comunicaciones de Tomás - .... siento que todo se ordena, todo se encolumna detrás de eso que una vez anuncié acá: mi vocación de escritora.

Un premio, por un texto que yo considero desparejo.. torpe y lúcido alternadamente, vino a decirme -sí, otra vez- que es-cri-ba. (Están siempre ustedes, pero pienso que les llego por lo que cuento, no por cómo lo cuento. Lo siento no extrapolable a otro espacio que no sea el de sosloqueamás, co-creado entre ustedes y yo.)

El cuento ganador -¡que va a salir en un libro!- se titula  "Un labial rojo". Qué les voy a contar a ustedes si vieron nacer todo.

El concurso en cuestión es el Yo te cuento Buenos Aires VI, al que me inscribí hace como seis meses con mucha ilusión. Agarré algo que ya tenía escrito; lo pulí; se lo dí a leer a mis amigas más literatas que hicieron sus atinadas observaciones; lo llevé una mañana de sol al palacio de la Legislatura con una sonrisa de oreja a oreja, le puse todo mi disponible de luz al edificio; le sonreí a la señora que me recibió en una minúscula oficina y metió las impresiones en una gran carpeta sin demasiada convicción; y después, para pre-premiarme, enfilé derecho a Falabella, donde adquirí -en cómodas cuotas- otro lápiz de labios y un perfume, cuestión de cambiarles el color y el olor a los días. Cuántas veces entré a la página de la Legislatura, perdí la cuenta. Hasta me hice seguidora de un Fake del concurso en Facebook esperando ver por ahí noticias de mi cuento.

Un labial rojo no es ni más ni menos que una suerte de compilado de todo lo que ustedes fueron leyendo acá.  Desde ese post del labial hasta el ejercicio del espejo o Shine a light.

Así es que mi segundo premio este año es la narración de otro evento doloroso. Por eso es que digo que todo cobra sentido. Por eso y porque al lado de esto todo lo demás -mis oficios terrestres, de los que vivo- parecen una nadita. Lo cual habla de dónde está mi estrella. 
                                               
                                                                                     .    .    .

Gracias por ayudarme a darles reparación a mis días, cuentos a mi reparación y papel a mis cuentos. 

lunes, octubre 19

sin vergüenza

Ésta es una de las entradas que probablemente más me cueste escribir. Que más borre, edite, publique, republique, revise. Porque el tema, mal que me pese, es tabú de tabúes. Nos decimos tan abiertos, hablamos de matrimonio igualitario, de aborto legal, de parto humanizado y veintemil cosas re progre y todavía no aceptamos el hecho de que la mente a veces necesite medicamentos igual que el cuerpo. De hecho la llamamos medicación como para que quede bien clara la diferencia. Livianamente decimos "está empastillada", "está mal medicada", como troglodita que dice "está ovárica". (Y sí, casi siempre nos referimos así a mujeres).
Condenamos la psiquiatría discursivamente y la practicamos en los fueros íntimos. Es más objetable tomar un psicofármaco que clavarse tres birras antes de irse a dormir o fumarse un porro para olvidarse por un rato del peso de la vida.
Hablo en primera persona del plural porque yo, aunque medicada, estoy un poco en ese bando. El de los que tomamos Ibuprofenos, quras, anticonceptivos y capsulitas de todos los colores pero no aceptamos -o lo hacemos a medias- ayuda mental en forma de píldoras.
Les cuento todo esto porque este blog se convirtió de a poco en un desandar lados A y darles play a los lados B. No para ser bajón, sino para sincerarnos y  encontrarnos desprovistos (o desprovistas: asumamos que somos mayoría de mujeres) de prejuicios y juicios.
Aun así mientras escribo pienso de cuántas cosas podría hablar en vez de mi mediación psiquiátrica. En qué va a decir tal o cual. En si lo googlearán futuros potenciales empleadores ..... Después me calmo y me digo: no hablás de nade más (¡y eso que hay!) más que de vos, no mentís, no le hacés mal a nadie y -por el contrario- buscás tender un puente hacia alguien que esté en la misma.
Yo rechazaba de plano toda ayuda que viniera de las medicaciones. Tomar Rivotril -como veía que hacía tanta gente con tan poca pregunta al respecto - me parecía tomar el atajo fácil. Que te prescribieran una medicación por tiempo indefinido me parecía directamente señal de que estabas en serios problemas y -lo peor- de que no tenías recursos para buscarles solución.
No me acuerdo bien cómo, cuándo ni por qué llegué a la primera psiquiatra, una señora paqueta bien de Belgrano que había heredado la profesión como se hereda mobiliario, que no tenía la más mínima sensibilidad y que me dio Zoloft como al tuntún. De verdad no me acuerdo cómo se originó esa primera consulta, Sé que no funcionó.
Después llegó mi actual médica, quien además es psicoanalista, y en quien (recién) después de cuatro o cinco años aprendí a confiar.
Se llama Mónica. Creo que la primera vez que no peleé con ella, ni con sus recetas fue la última. Fui a pedirle ayuda. Le describí una serie de cosas que estaba sintiendo -varias de ellas están acá- y otras que estaba haciendo instintivamente para aliviar el malestar como caminar todas las mañanas al sol, tomar limón, comer muchas bananas y nueces, tomar espirulina, maca y acai, bailar, eliminar las harinas, aumentar sin prescripción médica la levotiroxina, tomar litros de té verde... Le dije que igual me sentía mal, muy mal; cansada y cada vez con menos ganas de nada. Le hablé del divorcio, del diagnóstico de mi papá, de mi laburo. Con una sonrisa me dijo "¿Te das cuenta de que estás deprimida?". Me habló de aceptar que las cosas se terminan. Mencionó la palabra "distimia".
Sentí que alguien me atajaba, me comprendía, me ayudaba.
Ya me había escuchado con sumo interés y cuidado otras veces, pero yo no lo quería ver así. Para mí era la guacha esa que me quería medicar, la que tipificaba y nombraba lo que tenía, la verduga que bajaba la guillotina de la paciente psiquiátrica. En cada sesión se repetía la escena: yo peléandome con la medicación; ella argumentando ("lo más importante, que es la terapia, lo estás haciendo") y estableciendo una serie de analogías muy gráficas (del tipo "Cuando uno se quema se pone una gasita"), que me negaba a aceptar.
Durante el embarazo, después de unas especies de ataque de pánico, tuve que retomar el tratamiento para dejarlo semanas antes del parto. (Y no, de nada de eso me animaba a hablar por acá). Imagínense resignarte -aceptar es una palabra que queda grande en este caso- a tomar una medicación con un bebé en tu panza. Interconsulta con el obstetra; evaluación de riesgos- beneficios y que estés tan mal que los últimos les ganen a los primeros. Después el esfuerzo en los primeros ocho meses de puerperio por sostener la lactancia. La desazón al octavo mes por no poder sostener el esfuerzo. Dicen que a cada uno le asignan la mochila que puede llevar. A mí la angustia y la ansiedad por momentos me resultaron demasiado.
¿Y saben qué me dio la medicación?  Ese famoso contar hasta diez, ese alejarte medio metro y mirar la escena, ese irte a la banquina y poner balizas cuando necesitás parar. La posibilidad del margen y la perspectiva.
Ahora el asunto es esta leve depresión, y estoy agradecida de que alguien pueda ayudarme a lidiar con ella, mientras sigo sanando y encontrando mis propios recursos, internos y externos. Aunque miro con ganas el día en que tire a la mierda toda pastilla y me despida de mi psiquiatra con un fuerte abrazo, aprendí que alguien con la medicación adecuada no está drogado, sino parado en sí mismo sin el ahogo.

                                                                                          . . .

Creo que va a pasar un tiempo antes de que las revistas incluyan una nota sobre esto junto con terapias alternativas para el bienestar. Es así. Mal que nos pese muchas de las que leemos y/o escribimos en revistas femeninas necesitamos a nuestra Mónica. Y si no lo podemos decir, oook, no hace falta, pero no lo vivamos con vergüenza.

martes, octubre 13

ese tlin tlin tlín

Como les contaba en los últimos posts de a momentos me siento envejecer. No me refiero a crecer, ni a madurar, simplemente envejecer. Lo experimento cuando la energía me rinde menos, cuando el entusiasmo no es el mismo y el cuerpo empieza a dar señas de no responder igual: Pero sobre todo cuando la credulidad con que miro al mundo cae estrepitosamente.

Ojo, nunca fui una optimista a ultranza. Hace rato que tengo fijación por el lado B de las cosas, e incluso por los hilos que las mueven. Pero algo pasó. O mejor dicho muchas cosas pasaron, para despojar el día a día de ese tlin tlin tlín que te moviliza, que es como una lucecita, una campanita. Es una nena mirando el truco del mago fascinada, sin siquiera sospechar que hay truco; confiando en que es tan sólo magia.

Qué pasó. Lo puedo rastrear. Está a la mano. Las arideces de la adultez, la maternidad mostrándote tus sombras, el  responsabilizarte por alguien más, el reverso del amor, el fin de un empleo (y un ciclo), la vocación puesta a prueba,  la muerte como posibilidad concreta..

Todo eso lo sé, como se sabe la tabla del 2, pero de qué sirven las racionalizaciones. No las quiero usar para entregarme. El GRAN dilema que enfrento cada día es ese: me entrego o no.Y cuando decido que no, encuentro alimentos para el tlin tlin tlin.

Por ejemplo:

Dejar las preocupaciones que te abruman a la mañana apenas abrís los ojos; encontrarte con los de tu hijo, y confiar en él y su frescura como un puente de algodón, en el que nada malo puede pasar, y atravesar unos minutos de cosquillas y de diálogos que no tienen pies ni cabeza.

Levantarte, y aunque cueste arriarlo todo, agarrar niño, juguetes, calzoncillitos extra, equipo de mate y arrancar para la plaza. Entonces-por un ratito- concentrarte únicamente en saludarlo al verlo pasar con cada vuelta de la calesita.

Hacerte unos minutos entre mail y mail con el abogado, la contadora y la imprenta, después de corregir trabajos prácticos, para poner a calentar la cera, preparar un exfoliante casero, hacerte un baño de crema, limarte las uñas, ponerles brillito. Querer verte linda y apostar al encuentro con el otro.

Registrar tu cansancio y elegir en Netflix algo que te haga reír. Como a mí Friends. O soñar, como la biopic de J.K. Rowling. (Es por unos minutos creer que sí, es reposible, que por qué no. )

Hacerte unos minutos a la noche para pasear al perro, para comprar un vino.

Ayudar a alguien cuando sentís que la única que necesita ayuda desesperadamente sos vos. Es preguntarle a alguien ¿cómo estás? y liberarte por un rato de tu propio peso existencial

Subir a tomar unos mates al sol. Tener una charla sincera y llena de amor con él.

Regar las plantas; curiosear un artista nuevo en Spotify. Tlin tlin tlin es bailar.

Ponerte a escribir -o lo que sea que te conecte con tu centro- sin sentir que perdés el tiempo; sabiendo que es tu parte más necesaria, y que jamás resta, por el contrario: te alimenta.

..

Hay días en que sinceramente me siento la peor de todas, presa de las consecuencias de decisiones equivocadas. La que hizo todo mal y ahora sólo puede emparchar. .......Ojalá cada vez más pueda hacer este ejercicio. Releyendo me doy cuenta de que en esto del tlín tlín tlín una de las claves es recuperar la elección.

PD: Leí TODOS sus comentarios. Ustedes se zarpan. UStedes me dan esperanza Hay veces que pienso que no puedo mas. Juro que a veces pienso que me voy a desmayar de cansancio, y no me voy a poder levantar más. A veces creo que hasta anhelo eso. Pero cuando las leo ahí, tan desinteresadas, leyendo, escribiendo, compartiendo, latiendo conmigo, me vuelve el alma al cuerpo, la emoción a los dedos, las lágrimas de emoción a los ojos. Gracias eternas, Perdón que no conteste una por una: no tengo tiempo para nada (imaginense que todavía no retiré un premio que gané hace como dos meses!). Ya va a llegar, como todo, se supone, llega. Pero entre tanto sepan que las leo, las abrazo, las quiero.