lunes, septiembre 28

el tipo de post que Fabián Casas jamás escribiría.

Después de leer sus comentarios quiero agradecerles de corazón que acepten mi colección de textos inconexos y caprichosos, cuyo único elemento en común es su autora. Justo acabo de leer una entrevista a Fabián Casas, autor que admiro mucho, que guardé para cuando me quedara sola en casa. Dice que intenta trabajar en contra de su voz personal, porque en ella se siente "agobiado, triste y esclavo". Me pesó un poco que dijera eso, porque yo casi no sé escribir en otra voz que no sea la mía. Y encima -siento- me libera bastante. Pero él es Fabián Casas, así que voy a intentar averiguar a qué se refiere cuando dice que "recién cuando el personaje devino en ficción siento que empieza a funcionar".
Dicho todo esto les cuento la anécdota que traía en mente cuando empecé esta entrada.
Un día de 1996 fui a lo de Karen, mi mejor amiga del secundario -y amiga hasta hoy- en Mar del Plata. Fui en la bici.- Es decir, crucé la ciudad entera pedaleando. Algo me preocupaba, no me acuerdo qué. Seguro una pelea hogareña.  En el camino  pasé adrede por la casa del chico que me gustaba, a la vuelta de la de mi mamá en La Perla, y tenía un cartel de SE VENDE.  ¡Si se mudaba no lo iba a ver más!
Paré la bici con un nudo en la garganta. Estaba por arrancar de nuevo cuando descubrí con mi lengua que me faltaban tres brackets de la hilera inferior de dientes. ¿Cómo podía ser? Repasando concluí que me los había tragado comiendo una cocada muy dura que había traído papá de Brasil. Creo que en lo primero que pensé fue en el enojo de mi viejo cuando le contara.
Ya con lágrimas asomando seguí pedaleando hasta Caisamar, donde Karen me recibió con sorpresa por mi malestar. Le conté eso que me tenía mal y y que Pirulito se muda. ...."¡Y encima me tragué los braaackeeets!" Se empezó a reír, mientras a la vez intentaba consolarme. Esta anécdota me la recordó ella misma ayer por Whatsapp, porque decidió ponerse aparatos. Me reí, primero. Me quedé pensando, después.
Llegué a la conclusión de que aunque pasaron como 18 años y  las fichas, el tablero, miles de cosas cambiaron, yo, en el fondo, sigo siendo esa que hace una ensalada con las tres cosas que encuentra alrededor para dar un sustento objetivo y bien fundamentado, a su angustia.Y en realidad es que la muy guacha está ahí siempre esperando su oportunidad. Casi me animo a decir que cualquier bondi la deja bien.
Este año, en que los desafíos se amontonan unos sobre otros, en que las batallas son muchas, en que la energía por primera vez se muestra finita, es perfecto para esta operación que les digo. Hay días que la angustia no me deja moverme, me toma el pecho, la mirada, la voz. Lo tiñe todo de alerta, miedo y ansiedad.
 Y la verdad es que un día es la cocada o el reto de tu papá; otro es la desolación de separarte que te cayó toda de golpe.  ¿Y mañana? Quién sabe. Las novedades no van a parar. no se puede poner stop a lo que sucede. Y aunque siempre haya -porque las hay y cómo- amigas dispuestas a oírte, entenderte y desdramatizar el cuadro, la realidad es que estás sola.
O mejor dicho todo tu recurso -tu única eterna compañía- en el fondo sos vos misma.
No podés detener el afuera, como tampoco podés ponerte a vos misma en pausa. Es como un versus entre"Walk on" y "Stuck in a moment".
Y nada, eso. Seguro que Fabián Casas se reiría de esta cháchara autorreferencial, pero necesitaba ponerla en letritas y ver si alguien entiende de qué corno estoy hablando.
Feliz comienzo de semana muchachada.

c.

domingo, septiembre 20

a lo mejor.

A vos que en tres meses cumplís tres. A vos te quiero escribir hoy. A lo mejor un día lo leas. Chiquito lindo, que diste vuelta mi mundo, que me hiciste conciente de mi fragilidad y mi vulnerabilidad y, a la vez, no sé bien cómo, de toda mi fortaleza. A vos que me clavaste los ojos pocos minutos después de nacer, que extendiste hacia mi cara esos deditos flacos y arrugados. A vos que me dejaste acompasar tus primeras horas con Candombito en el teléfono. A vos que esa noche no me dejaste dormir, de tanto asombro y belleza. Ni las siguientes mil y una por otras tantas razones =)

Ya casi tenés tres. Y sabés pedirme las cosas. Las expresás con la mayor de las precisiones (tenés todas las palabras), con una vocecita que no te puedo explicar, con unos ojos que oscilan entre la mirada persuasiva de tu papá, y la mía, que no sé definir bien, pero sé que tiene - o solía tener- un algo de sorpresa.

Casi cualquier cosa que puedas imaginar es amarilla. Por ejemplo amarillo es el auto con el que te vas a trabajar para juntar "platas" para comprar huevitos de "cocholate". Amarilla es la flor esa que según decís, te "molesta" en sueños. De amarillo querés que pinte los autos que te dibujo. Amarillo es el "helicópero" que manejás antes de irte a dormir con un volante imaginario. Tu mundo entero es de amor amarillo.

Te desvivís por las bananas, las "galletas", los caramelos, los fideos con manteca y queso, los tomates y las "aceitunitas", las zanahorias. Comés las semillitas encantado. Pedís hielo para tu jugo. O un pan "grande" que quiere decir no menos de media flauta o una rodaja del lactal. Antes de irte a dormir una leche "fría con caliente" que yo deduzco quiere decir tibia. A la mañana tu vaso de "yobur". (En tu idioma no existe la g suave. Apagar, por ejemplo, se dice apavar. Amigo es "amivo").

Mirás "pibus", dibujás y pintás mucho. (Colecciono todas tus obras y de verdad las encuentro especiales). Armamos funciones de títeres con piratas y un tesoro de monedas. Tocás tus instrumentos. Te quejás para bañarte y después no querés salir. Casi lo mismo pasa con el jardín.
Se la tenés medio jurada a los calzoncillos.(Cuando te cambio los pañales comentamos "Qué caconeta", "Qué olorete Tomasete", y cosas así, y es uno de nuestros momentos de mayor risa y complicidad. (¿Será por eso que no los querés dejar??),

Amás a los animales, en especial a tu perro Rolfi, con quien tenés una relación casi de hermanos. Le decís "No chupeteés Rolfi!" y acto seguido le convidás lo que estás comiendo, o le hacés un mimo. Cantás mucho, bailás acercando las orejas a un hombro y al otro mientras sonreís. Te encanta Yellow submarine de los Beatles,  "los cuatro genios", según vos. Sos recontra mimoso. Das los besos y abrazos más lindos y dulces, y te encanta recibirlos. Tenés la risa más contagiosa. Todavía no entendés -ni sé si deberías- por qué mamá y papá se alternan en tu mundo. Llorás con sentimiento, Y si alguien llora te ocupás enseguida de que se ponga bien, como si fuera la misión con que viniste a esta Tierra.

Sé que en mis brazos lucís ridículamente grande, pero todavía me puede tu "¿Me das upa?". Un día mi columna pasará factura. Entre tanto te lleno de besos, te huelo el cuello justo debajo de la nuca y te recuerdo que te quiero mucho. Cuando te bajo y siento tu manito tibia en la mía mientras avanzamos sé que no me hace falta ninguna otra cosa. A veces me quedo en silencio, o me distraigo con algún pensamiento, pero cuando vuelvo, ahí está tu mano confiando en la mía. Tu silencio al lado del mío. El camino por delante. Te juro, Tomás, en esos momentos no hay nada más que pueda necesitar.

Me quedo corta con esta descripción. Porque sos infinito. Como un universo inabarcable de soles, lunas y estrellas. Pero pienso que es un buen resumen. A lo mejor un día lo leas (después lo voy a pasar con birome a tu cuaderno) y sepas el niñito hermoso que eras. Y a lo mejor hasta encuentres en el que sos un rastro de éste.

Te amo sin medida.

Mamá.

lunes, septiembre 7

Ni joven ni vieja. ¿Ni joven ni vieja?

.A mis 34 ¿Soy joven o vieja? Probablemente ninguna y a los que no nos bancamos demasiado las incertidumbres este intríngulis etario nos ofusca.
Siempre me sentí de menos edad. Siempre me dieron menos edad.  Y de repente, en los últimos meses, los años me bajaron así: ¡Zaz!. Siento que mi andar es menos ligero, que mi cara es menos fresca, que mi expresión apunta hacia abajo, que a los pómulos hay que ayudarlos con un poquito de rubor, que la mirada ya no tiene tanto brillito, y un sinfín de etcéteras.
Probablemente influyan mis circunstancias. Si hubiera seguido el rumbo esperable de mi vida, y ahora estuviera por el segundo hijo feliz o infelizmente casada, feliz o infelizmente empleada, por ahí ni me haría estas preguntas, pero de repente me vi envuelta en un mundo  habitado por personas con contextos muy diferentes al mío, con un nuevo amor, con un mercado laboral incierto.
Estoy en contacto permanente con la existencia misma, sea porque veo día a día al bebé convertirse en niño, o porque vuelvo a ser testigo de los cambios de luz que acontecen durante el día, desde el amanecer hasta el ocaso.
Así que en muchos aspectos estoy arrancando y poniendo primera sin saber muy bien hacia dónde... en una etapa de la vida en que mucha gente clavó tercera  y a otra cosa. Y en la que sobre todo ¡No se suponía debía estar arrancando nada!
La cuestión es que sea como sea no se puede ir para atrás ni para adelante en esto de tener treinti. Ni tampoco se quiere.Porque: ¿Quién quiere volver a tener las inseguridades, miedos e ingenuidades de los veinti? ¿Y quién quiere declararse definitivamente señora? Nadie. (Báh, sí, mi prima, un día le voy a dedicar un post para que se den una panzada).
Ahora bien. Este barco que zarpó hacia el triángulo de las bermudas de las treinteañeras, ¿cómo se aborda con elegancia y frescura? Cuéntenme sus tips para no entregarse, pero tampoco ser pendeviejas. (Palabra que revela a todas luces mi edad).
Es un post de preguntas como ven. Porque no tengo ni idea.

c.


Gracias gracias enormes por los comentarios en los anteriores, los leo todos, eh? No se piensen. De todas tomo algo, siempre!

miércoles, septiembre 2

pucho puto

Había algo de disfrute en pesar por debajo de 50. Y todavía hoy extraño la fluidez con que me calzaba un 34, como si tal cosa, dejando hasta arruguitas en la entrepierna y ninguna marca en la cintura. Pero el otro día en uno de mis más flamantes desvelos caí en la cuenta de que las tres veces que estuve tan flaca había agarrado el cigarrillo. A los 16. A los 26. A los 33. Hoy entiendo que esos no eran cuerpos verdaderos. Mi delgadez, en los tres casos, era síntoma de otra cosa.

Cursaba cuarto año, caminaba 20 km al día, me alimentaba a calabaza y Frutigran. Y fumaba. Cuando la balanza marcó 46 lo sentí como un logro. Ni te digo cuando mi amigo Emiliano comentó mis abdominales.  Mis Lucky Strike eran un refugio, Podía prender uno a las siete y media de la mañana en la puerta del colegio, o después del entrenamiento de básquet. Era eterna, qué me importaba. La realidad es que me llevaba a las patadas con mi viejo y su mujer. Tanto que un día amagué irme de casa. Báh, me fui brevemente. Recuerdo  hacer el bolso, mis hermanos mirándome. Era un sábado muy gris. Salir a caminar triste por la ciudad helada. No tenía decidido el rumbo. Repasaba la escena. Beatriz pegándome, después mintiéndole a mi papá que había sido al revés, yo temblando con todo el cuerpo. Después de patear 50 cuadras me senté por Independencia a decidir qué hacer. Prendí un pucho y lo apagué avergonzada cuando vi venir a un compañero del colegio. Me preocupaba más que me viera fumar que la imagen patética que daba sentada sola, llorosa, en una avenida desierta esa tarde de sábado.

A los 26 empecé a salir con el que sería mi marido. No lo tenía identificado en ese entonces, pero la relación me daba mucho trabajo. Él tenía una fobia complicada, que hacía que no supiera con cuál de sus estados anímicos me iba a encontrar, ni cuándo ni dónde me podría llamar. Agitado o desparramado en el piso de angustia y ansiedad o varado en la mitad de un trayecto en auto -único medio en que podía moverse. Se podía llegar a poner furioso si no podía atenderle el teléfono por alguna razón o lo apagaba para la clase de yoga. No quería creer que él tenía un problema, (o lo atenuaba con no sé qué argumento, porque ahora visto en retrospectiva es todo tan claro). Teníamos discusiones fuertes. Él fumaba, y yo -que había dejado a los 20- empecé de a poquito a´prender cigarrillos. Tres por día, a veces más.  Los sentía venenosos, sólo aumentaban mi inquietud, me dificultaban el sueño, me hacían despertar con la boca pastosa. El 1º de abril de 2008 dije "Por hoy no fumo". Y al día siguiente. Y al otro. Y así, hasta convertirme en una ex fumadora. Recuerdo a los pocos meses decirle por teléfono a mi mamá "Estoy gordita pero rozagante"

Ya madre de un niño de año y algo, alterada porque mi matrimonio se venía a pique, el pucho y yo nos reencontramos. Se convirtió en un hábito muy privado. No sólo porque me costara admitir que fumaba, y porque no me gustaba ahumar a la gente ni oler a mierda por ahí.... sino sobre todo -descubrí- porque era mi compañía cuando parecía que no quedaba nada. En mi mente nunca estaba sola. (Leí por ahí que una adicción es lo opuesto a la conexión humana). Entonces Tomás miraba dibus, se dormía o -ya separados- se iba a casa del papá, yo me servía un vino o un Campari y fumaba. Salteaba la cena. A veces también la merienda. Otras comía como en un trámite desganado para poder prenderme el pucho post comida.  Cambié los pantalones 36/ 37 y hasta 38 que había llegado a usar por 34 y 35. No tener un gramo de grasa te da una seguridad bastante pedorra. Y aunque todos te digan "Estás demasiado flaca", vos lo que oís es un elogio. (Además de que esta sociedad de locos aplaude que a los treinti, y con hijos, tengamos el cuerpo de una teen).

Hace exactamente cinco meses apagué el último cigarrillo.

Y todavía por momentos siento nostalgia del humo, de esas noches en que me estimulaba con alcohol y prendía un pucho detrás de otro. "Si así estaba tan bien", me miento a veces,  cuando combato tres kilos que me resultan molestos.

Después me acuerdo de mis ojeras, mi piel opaca, los kilos de cremas, los blanqueamientos dentales, la agitación, el gusto horrible, lavarme las manos y dientes con mucho esmero para que nadie me preguntara por mi íntimo vicio.

Y recuerdo que en este momento, mientras escribo, están operando a mi papá por una obstrucción de la arteria coronaria. Pronto tiene que empezar los ejercicios y tratamientos para su bronquitis crónica y su enfisema pulmonar -lo que se conoce como Epoc. Una guachada,

Entonces deseo que nunca, por muchísimo que me tiente, me atreva a fumar otra vez.

(Me urgía hablarles de esto. El pucho. Cuenten qué onda con el muy puto).