lunes, marzo 31

un labial rojo.


Siento la necesidad de contarles sobre este lápiz labial. O sobre quién era yo cuando llegó a mis manos, y quién soy hoy, cuando está a punto de terminarse.
Lo compré un sábado fresco -calculo que sería otoño ya- de 2007. Tenía 26 años y a veces no tenía con quién compartir una tarde de fin de semana.
Esa vez decidí no quedarme adentro teniéndome lástima. Entonces en actitud muy Bebe enfilé para Cabildo, pasé por un Farmacity e hice mi compra. Le pedí uno bien rojo.


Después fui hasta el Arteplex de Belgrano, saqué una entrada para La meglio gioventù, una peli italiana que tenía muchas ganas de ver. En el baño viejo de ese cine de viejos me pasé el lápiz por los labios dos veces. Quedaron como yo quería: rojo furioso.
Después me compré unas gomitas de eucaliptus y una tónica y me senté en la butaca, rodeada de tres jubilados. La peli duraba como tres horas y era realmente hermosa.
Me sentí hecha.
Ese día sólo hizo falta animarme. Decidir que podía cambiarle la cara al sábado,  y hacerlo.
La compra del labial fue sólo un detalle de esa tarde?


No lo sé. Pero por algo hoy que pide reposición necesité hablarles de él.

Feliz semana muchachada,

c.

lunes, marzo 24

más de 5 mil días.

Dice el calendario que me iba de allá y llegaba acá un día como hoy, pero hace 15 años. Veneraba a esta ciudad que anochecía. Siempre había amado Buenos Aires, aunque mi "siempre" fueran los 14 años que llevaba en Mar del Plata. Por entonces casi toda mi vida. Hoy, más escuetos y lejanos. Y desde que llegué, cada 24 de marzo recordé con nostalgia y alegría la fecha. Aunque coincidiera con esa otra, histórica y atroz. Desde que tuve este blog dediqué cada año un post para recordarla y repasar los hitos y encantos de la gran ciudad.

Y el 24 de marzo de 2012 el destino quiso que concibiera a mi hijo.

Pero esta vez, por alguna razón, pienso en esa otra ciudad. Quizá la cercanía no me permitió ver que la dejaba atrás. Por eso hasta hoy sólo le dediqué algunas líneas torpes al mar. Pero hoy necesito averiguar qué lugar ocupa en mi identidad, ahora que amaga con ser no mucho más ni menos que la sede de mi infancia y adolescencia.

Lo primero es la casa de la abuela Eugenia. Qué duda hay. Esos tres ambientes al final de un pasillo largo donde jugaba con miu hermano mayor y aprendía a conocer a la recién llegada. El olor era el de la fábrica de Havanna, un dulzor flotando entre la brisa del mar. Las caminatas hasta la ventanilla de venta nocturna eran misterio concentrado en cinco cuadras. Después, el puesto de muñecos hechos de caracoles, que por entonces me parecían un encanto. Los juegos con Noralí, y por la mañana, camino al jardín, los caramelos de dulce de leche y maní en ese quiosquito amarillo atendido por el señor que me saludaba "Co´te va?!"

Después las Navidades. No es que antes no hubiera, es que no tenía edad para recordarlas. La primera fue ahí mismo, en la casita de La Perla. Todavía no sé cómo una bolsa llena de regalos cayó por la chimenea. Adentro había hasta la cadena del chupete para la pequeña Coco. Las siguientes fueron más allá, en Parque Luro, donde el olor del mar y de los alfajores era reemplazado por el de los tilos. Donde había vecinas y vecinitos. Una jardín delantero donde esperar a Papá Noel y encender estrellitas y luces de bengala. Ahí mismo  papá dejaba el auto cuando llegaba de trabajar. Ahí ensayé la bici sin rueditas e instalé mis puestos de pulseritas de hilo de seda y de Siemprevivas. Cuando llovía me gustaba refugiarse bajo el porche. Esos dos metros cuadrados eran garantía de hogar y calor.

En el colegio N° 2 República de México no llegué a terminar tercer grado cuando los paros  -ya entonces los paros- me sacaron de ese que era mi reino mágico. Con mi guardapolvo blanco de tablitas angostas organizaba la patrulla protectora de gorriones -y el cementerio para los que perecían víctimas de una gomera- los hurtos a 1° C y las corridas con patadas voladoras. Mamá aprovechaba la feria de platos para pavonearse con su lengua en salsa verde y sus pasta frolas. Martín iba a siempre tres años más arriba. Yo hablaba hasta por los codos, creía que me las sabía todas, terminaba de florero en medio del patio. Era muy feliz. Hasta que los paros. Y el colegio privado, que ahora decido suprimir del relato porque no fue Mar del Plata, porque casi mejor olvidarlo.

Fue Mar del Plata la que me convirtió al catolicismo. Los curas franciscanos del Esquiú me mostraron qué alegres pueden ser los salmos y villancicos y que la misa del domingo también sirve para espiar al chico que te gusta. Más adelante el Nacional Arturo Illia me enseñaba un adelanto de lo que sería la facultad a la par que -campamentos y salidas mediante- me dejaba media docena de amigos que siguen hasta hoy.

Para un adolescente es una ciudad con todo un abanico de reglas. O modas ridículas. Un día se usó el jean arremangado. Nunca sabré por qué una mañana me encontré enrollando los pantalones hasta las rodillas.  Otro día se usó la cola de caballo a un costado, caída como al descuido, y ahí fui,  intentado lograr el efecto, sospechando que todo empezó por una chica popular del Santa Cecilia, cuya cola torcida a alguien le pareció ser el secreto de su fama. Otro día se estiló la chomba debajo de una remera. No importa cuánto me preguntara dónde se originó la insólita moda, la seguí hasta el final; doblaba el cuellito de las chombas de mi hermano por encima del escote de la remera para pararme en la peatonal a esperar mi entrada para el boliche.

Algo de estos antojos marplatenses me resultaba abrumador. El Deber Ser marplatense es un señor impiadoso. Sobre todo con los que se cansan de ponerse sus uniformes y usan palabras que se salen del diccionario cotidiano.

Sentí un atisbo de lo que quería caminado con Los Redondos o los Rolling en mis auriculares, o manejando a toda velocidad - el pucho entre los labios- el auto de mi papá. Pertenecía a esta ciudad, y a la vez siempre algo me era ajeno. Por eso dejé de sentirme sapo de otro pozo cuando el 24 de marzo de 1999 me subí a ese mismo auto y con cuatro o cinco cosas dejé atrás la ciudad junto al mar.

Y, sin embargo, de a momentos, añoro todo aquello. Cada unos de esos más de cinco mil ciento y pico de días. El pochoclero en la esquina, la pantera y el ratón en la fuente, el olor a tostadas, las rondas de Jodete, Ferimar, los paseos en Citröen, los lobos marinos, el olor a puerto, la pizza en el auto, el sonido de las bordeadoras, el pasto recién cortado, papeles de carta importados, la flauta dulce, el jogging de ciré, el piso duro del gimnasio, la kermesse en septiembre, la escollera con cañas de pescar, las rosas florecidas, el colibrí en la rosa china, el horno de barro, la siesta religiosa, el humo del asado, Orco, China y los cachorritos, Totó, Kitty y Niki, el tordo, el conejo, la alacena con galletitas, los puchos apagados sobre el plato, la casita armable, los pequeños Pony, las leyendas del Torreón del Monje, las figuras de crealina sobre la estufa, Arriba Cabrales, arriba Cabraaaalesss...,  los mates en el paseo José Galíndez, el Anamora allá a lo lejos, los caballos de Parque Camet, los pañuelos anudados en la Sierra, el pesebre móvil en la gruta de Lourdes, el coro municipal, la falla valenciana, los fichines en Sacoa, el sucundúm en la panza bajando Avenida Colón, lloooren chicos lloooren...llegaron los barquillos, el circo Rodas, el ritual del vestuario en el balneario, el trapo de la almacenera sobre el sachet de leche, el 543, el 571, las esperas en la parada de colectivo, Torres de Manantiales, los paquetes Álvarez Argüelles, las olas salpicando Playa Chica, los pedales duros cuesta arriba, el cafecito por Güemes, las carpas anaranjadas sobre la playa, el Sapolán y los waffles, el último boliche de Alem a la espera de un cliente, las voces engoladas en la tanda radial, los churros de Manolo, el Piso de Deportes, Canal 8 y Canal 10, la galería Lafayette, las fotos con viñetas de Cuore Color, la cantina Don Gennaro, la tiranía del bronceado, el shopping Los Gallegos, los cornalitos de Chichilo, las gaviotas al anochecer, el olor a marea alta, el viento contra la cara y hasta los lobos marinos de cemento.

Hoy mi retoño, la muestra más palpable de que Mar del Plata, la infancia y adolescencia están allá atrás, se animó a dar pasitos agarrado de mi mano izquierda. No me extrañaría que elija este día para largarse a caminar y avanzar solito.

jueves, marzo 20

the spark in you.

Y anoche vi la escena de Madagascar 2 en que hacen la función del circo, mientras Katy Perry canta:

Do you ever feel already buried deep? 
6 feet under screams but no one seems to hear a thing 
Do you know that there's still a chance for you 
'Cause there's a spark in you 
 
Y ustedes insisten en que la paz está dentro mío.

Y hoy Geo me hizo llegar este texto.:
 
Estás "en paz" cuando te conectas con la vida desde tu Centro, que es la fuente luminosa en el centro de tu Ser. Dado que eres un ser de luz en un cuerpo físico, y la naturaleza de la luz es estar en la energía de la paz, lo que puedes llamar tratar de ”estar tranquilo”, va en contra de la naturaleza de tu espíritu que es estar en reposo, así como la energía y la luz están siempre en movimiento. Estar “en paz” es abrazar la energía de la paz y saber que todo está en orden divino, que todo está bien, y todo lo que no está alineado con el flujo de la luz y la paz puede ser traído de vuelta a la paz, al permanecer en contacto con tu centro de paz y estar 'en paz'.

Estás 'procurando la paz' o en el espacio físico de la paz, cuando te enfocas en ser en lugar de hacer. ¿Te es difícil detener la charla mental, el ajetreo, el caos y el ruido del que estás rodeado? Si es así, encuentra tu centro 'en paz', imagínalo como una chispa de luz brillante dentro de ti. Puede ser pequeña o grande, como sea que elijas imaginarla. Mientras vuelves tu atención hacia adentro, hacia esa luz, la expandes hacia el exterior hasta llenar tu espacio energético, más allá de tu cuerpo, hasta donde deseas que llegue. A medida que te rodeas con esa luz, estás en paz.

Esta es la forma de conectarte con la quietud dentro de ti en todo momento, reconociendo que estar "en paz" es rodearte a ti mismo con la energía de la paz y fluir en ella. Aun en medio del caos, estar en paz te permite encontrar el camino a la calma, y tener claridad para enfrentar la confusión. Desde la energía de la paz, todas las opciones pueden ser consideradas, cada posibilidad examinada, todo el potencial puede conectar contigo porque no estás bloqueando el flujo de energía y movimiento, tratando de estar tranquilo y de dejar de moverte, procurando estar en paz. Y no importa cuan perjudicial sea la energía alrededor tuyo, puedes crear calma en el caos, convirtiéndote en el observador desde tu lugar de Paz.
 

 
Como el tigre Vitali, tengo que animarme a atravesar mi anillo luminoso.
Feliz jueves muchachada,
 
c.

martes, marzo 18

paz.

De frente al sol, sentada con la espalda recta, mientras cuento respiraciones.
Bajo el chorro de agua helada, al final de la ducha.
Antes de dormir, apoyada sobre un lado, las manos juntas.

Agradezco cada cosa que tengo,

Tomás
Casa
Trabajo
Amigos
Salud
Amor

Y pido ésta que falta hace rato.

Paz.
Paz.
Paz.

martes, marzo 11

tender


"Para mí lo más difícil de ser mamá no es ser mamá sino seguir siendo yo en todos los demás aspectos de mi vida", me decía por mail una amiga que fue mamá hace diez meses "con mi marido, con el trabajo, conmigo misma.."

¿Cómo sería seguir siendo ella? Cómo sería seguir siendo yo? Cómo sería seguir siendo vos?

¿Qué sería, exactamente, seguir siendo lo mismo, si ni el mundo siquiera es el que era antes de que esa nueva vida existiera?

Hoy no quiero que me lean a mí, sino a esta otra mujer que a partir de su nuevo ténder asumió una nueva capa de su identidad:

la de mamá de Jana.

Toda ternura (PLAY)

Disfruten la lectura, muchachada!

c,

miércoles, marzo 5

comer, rezar, amar


 NumeralAutofoto. digo... #selfie!

No es un título justo para este libro. La película no es justa con este libro. Seguramente la traducción al castellano no sea justa con este libro.  Y yo quizá no sea justa al hablar de él tanto tiempo después de su momento hit, y sin haberlo terminado todavía.

Y sin embargo siento la enorme necesidad de hacerlo.

Hace un par de semanas lo empecé prejuiciosa y desganadamente. Al principio salteaba párrafos enteros, algunos por cansancio (a la noche, en inglés.....), otros porque simplemente no tenían que ver conmigo.

Pero de a poco sintonizamos. Liz Gilbert y yo. Y mucho.

Su neurosis, sus miedos, su soledad, sus pensamientos intranquilos, su dificultad para meditar, su tendencia a querer controlarlo todo, su ansiedad, su sensibilidad, su curiosidad, su sociabilidad.

Mientras avanzo las páginas sonrío, río y lloro. Muchas veces por sentir que lo que leo me habla. No importa si en Nueva York, Roma o India.. (No llegué a Bali).

Lo más fuerte fue ésto: cuando su amigo romano le pregunta "Qué palabra te define?", ella dice "Seek". Como yo dije "inquietud" dos semanas atrás.

Sí. Ella allá, famosa, con su pasaporte y un sinfín de gente. Yo, acá, anónima, con mis libros, y un puñado se seres queridos, estamos en una búsqueda.

La  búsqueda de lo que yo hasta ahora llamaba "verdad" (Frase mía en terapia: "No me interesa la actualidad, ni los chismes, ni ninguna distracción. Me interesa la verdad de las personas. La verdad de las cosas. La verdadera Cecilia, mi verdad en el fondo. Lo que de verdad importa". ) es lo que otros llaman "búsqueda espiritual".

Es más trabajosa sin tiempo para dedicar a la meditación, con horarios que cumplir, cuentas que pagar, hijo que cuidar. Pero algo es seguro: si arranca, no la podés frenar. Vas a encontrar sentido en un libro de Fromm, una columna de Sinay, un post perdido en un blog querido, un párrafo a la pasada  de Krishnamurti, una charla de desconocidos, un diálogo en una peli, una línea de Mías Astral, una frase de alguien cercano, un atardecer por la ventanilla de un micro.

Así que sí, estoy en una búsqueda espiritual.  Expresión que siempre rechacé por esotérica.

No sabía -ni me animaba- a ponerle ese nombre hasta que no me sumergí en esta trama. Es la búsqueda de Dios, aunque también me cueste -y todavía me resista- a llamarlo así. La búsqueda del amor, en el total sentido de la palabra. La búsqueda del sentido de la existencia, incluso sabiéndola ambiciosa e inalcanzable.

Aceptar que la mitad es trabajo propio, y la otra mitad es destino.

Aniquilar con carácter de urgencia a mi insufrible ego, empezar a mirar desde el corazón y avanzar con él solamente como guía.

Lo que me alienta es que cuando por un momento, un destello de todo esto me roza siento la más absoluta certeza de que la vida va por ahí.

Les pasa?

Feliz cortísima semana, muchachada,

c.