miércoles, agosto 28

cuánto amor puedas dar.

Fue ayer. Estabas sentado en tu alfombrita. Te miraba de espaldas, ejecutando tus tamborcitos, espiando entre sonrisas a Kathy y a Rolfi.

Había un bebé- niño, una cosa viviente,  de carne y de hueso, respirando y existiendo  frente a mí.

Un ser que no habría sido sin mí.


Un ser al que le di la vida, y sobre quien tengo la responsabilidad, pero sobre todo, el deseo -el impulso- de darle vida cada día.

En este punto ningún adjetivo para el amor alcanza. Es minúsculo al lado de esta realidad que comprendí ayer, en un momento epifánico entre mate y mate.

Después de pensar todo esto te dije "¿Tomás?", y te diste vuelta, y me sonreíste con la boca, los ojos - tu carita toda- y volviste a tu percusión.

Más tarde, después del baño, mientras te hacía unos masajitos en el pecho quise explicarte que ahí se alojaba nuestra capacidad de amar, pero que no se acota a ese espacio, porque en realidad no tiene límites.

Te conté que esto último lo descubrí gracias a vos y por primera vez me sentí completamente dueña de enseñarle mi verdad a alguien: lo que más importa no es cuánto te amen, importa cuánto amor puedas dar.


Supongo que te lo repetiré las veces que haga falta: no creo que dar amor tenga efectos colatareles indeseados. Sí vas a ver que a veces la predisposición a amar puede ser incomprendida. Algunas personas simplemente no la entienden. Parten de otra base, o creen ver una pose... un intento de agradar.

Pero hay otras, y son las que valen la pena, que entienden todo, y se quedan a devolverte amor. Y entonces la sinergia puede ser maravillosa.

Todo esto te decía cuando tus ojitos volvieron a sintonizar los míos. Algo estaban comprendiendo.

miércoles, agosto 14

Bea.

Como una segunda mamá”, lo suelo simplificar, para explicar quién es, quién fue, Beatriz. ¿Segunda mamá? ¿Tal cosa existe? Ponele que sí, pero yo no sé si Bea era eso. Era más que la mujer -y luego ex mujer- de mi viejo y menos que esa mamá del corazón. Tampoco era una tía copada. Beatriz era y aún es, un signo de pregunta que se abrió allá por 1991 cuando papá nos la presentó como su novia y que hoy, cuatro días después de su muerte, no se cerró.

La primera vez que la vi llevaba un piloto rojo, (que me hizo prometerme que "de grande" me compraría uno) y un paraguas del mismo color, el pelo prolijo, la ropa elegante, el perfume importado.

No parecía admitir muchas lecturas esta abogada cool de Buenos Aires, con su departamento en Las Cañitas, su francés, sus clases de Esgrima, sus amigos embajadores, sus cafés con medialunas en el bar Kaloi, su vinito blanco "bien frappé". Sus cremas, su París de Yves Saint Laurent, sus Roger & Gallet, sus relojes,  sus anillos. Sus taxis.  Su peluquero, su depiladora, su manicura y pedicura, su masajista, su cosmetóloga, su modista.

Y sin embargo no tardé en descubrir que con ella nada era tan simple o claro, ni "solamente".  Todo era un "sí, pero", un "no, pero", un "bueno, pero"... Quería decir, quería sonreír, quería compartir, quería querer y quería dar, pero siempre -ya al final quizá por inercia-, algo quedaba en su bolsillo.

Durante la infancia yo era su "escritora preferida", o su "ratita valiente". En la adolescencia me convertí en su Amèlie, "siempre repartiendo amor". Una noche puse la mesa en el patio, cuando salió la miró maravillada y me dijo "Se le ve el amor".

Pero los 90 de repente se pusieron complicados. Y cuesta saber qué atribuir a la complejidad propia de la adolescencia, y qué a las dificultades de una mujer difícil que nunca tuvo hijos, para convivir de repente con tres -ajenos y ya creciditos.

Socialista con deslices retrógadas; amaba mis scones y budines pero me retaba por el lío en la cocina; feminista hasta la médula, se calzaba los guantes de goma para lavar los platos con traje sastre y tacos. Generosa y amarreta; abierta y escondedora; familiera pero recelosa de mi viejo.

Yo, a pesar de sus mil contradicciones, quería quererla simplemente. Pero también a eso se resistía. Conté por acá cómo el día que "me hice señorita" me entregó un pedazo de algodón sin mucha más ceremonia. No conté el día que me pegó y le dijo a mi papá que había sido al revés.  O el día que me dijo "Tu hermano es un ladrón". O los escándalos que podía hacer si le "comíamos" algo de la heladera. Cosas y cositas que hacían difícil descifrarla. Te llamaba y te decía "Hola nena?" y antes de que pudieras contestarle o preguntarle algo, arrancaba; "Bieeeennnnn! Me estoy preparando unos churrasquitos de cuadril, con una ensaladita, y un vasito de vino... " Y así -todo en diminutivo- bla, bla, bla, te relataba hacia atrás la semana entera. A veces se acordaba de preguntar qué tal te iba.

Así era Bea.

Hace unos 7 años se enfermó. Primero le extrajeron el tumor del colon. Al mes descubrieron que ya había células cancerígenas en los pulmones. Metástasis. Bea tenía un cáncer avanzado. Le dieron 18 meses de sobrevida, que ella convirtió en 80 y pico. Y digo "convirtió" porque nadie más que ella pudo asumir semejante actitud ante la vida.

Ante la evidencia de la muerte, decidió abrazar su existencia. Aceptó -no sin sufrimiento- que el matrimonio con mi papá estaba terminado, se aferró a Hebe y Tini -dos amigas de acero inoxidable-y a su trabajo como Defensora del Pueblo; encaró cuanto tratamiento y cirugía le tocó, hizo viajes laborales y de placer y conservó esa coquetería a toda prueba, incluso cuando eso incluyó una peluca.
Cuando defendí mi tesis en la facultad, venía de estar con ella en la Clínica Favaloro, donde en una operación cruenta le extrajeron un tumorazo de uno de los pulmones. Le llevé una cremita de caléndula, para que no le quedaran cicatrices. Y ella me pedía que le pusiera la de párpados, el agua termal y todo lo demás.

Faltaba poco más de un mes para mi casamiento, y ella ya se había mandado a hacer el traje.. Confiaba de verdad en que iba a estar ahí. No fue agradable oírla llorar al teléfono a la salida del Civil, postrada por el dolor de la cirugía. Pero creo que fue lo más quejumbroso que le oí en todos estos años. Y mirá que tuvo con qué hacerse la víctima.

A fines de abril el año pasado algo se iluminó en su cara cuando almorzando al lado del mar le dije que había un bebucín o bebucina en camino. A su manera expresó la emoción. Con más palabras que actitud corporal. Pero como la conozco -la conocía- sé que estaba de verdad emocionada.



La semana que esperábamos a Tomás se instaló en Buenos Aires, encerrada entre cuatro paredes para protegerse del calor. Se volvió sin la buena nueva porque el pequeñín se tomó siete días extra en la panza.

Los últimos meses, puedo afirmar que lo único que le hacía olvidar su propio ombligo era "Tomasito, el bomboncito". Lo llenaba de regalos, y -ya en cama, con tubo de oxígeno- planeaba un gran evento para presentárselo a su familia.

Durante años lloré una y otra vez con los pronósticos médicos que Beatriz se empeñaba en desafiar. Hasta que, como dijo un amigo en el cementerio sábado, logró convencernos a todos de que ese día nunca iba a llegar.

El viernes 9 de agosto  por la mañana mi papá, el hombre de su vida, sentado al lado de su cama, la vio irse dormida.

Se fue, y nos dejó cosas. Nada por escrito, por supuesto, porque ella seguía empecinada en que se iba a levantar, para  reformar la cocina, como me había dicho, hacer la reunión familiar y comprarse un cero kilómetro, entre otras cosas.

Lo que nos dejó hay que rastrearlo en nuestros seres. Seguramente, como dijo Pablo, nos va a llevar un tiempo saber qué lugar ocupó Bea para cada uno de nosotros.

A mí principalmente me dejó un modo feminista de ver el mundo,. De chica la acompañaba al Centro de la Mujer Maltratada, donde era voluntaria, agarraba sus libros sobre movimientos de mujeres y miraba su foto con Alicia Moreau de Justo. Nunca me voy a olvidar que donde mi papá, desde Tribunales, investigó a un Loco de la Ruta, Beatriz destapó una red de trata de mujeres.

Me legó también su coquetería,  con esa fe ciega en las cremas y la pasión por la pilcha. El buen comer, que ya me había inculcado mi mamá pero que ahora incluía sabores nuevos; la costumbre de caer en casa ajena siempre con algo rico, algún regalito o ramito de flores. ...Esta tendencia a decirlo todo en diminutivo.

Un piloto rojo furioso que no olvidé comprar, y la enseñanza de que siempre hay tiempo para optar por la vida, mientras dure, hasta el último día.


Feliz miércoles, muchachada.

miércoles, agosto 7

Iluminada



Porque sí, o porque postea cuando, cuanto  y como puede, y le pone grandes palabras a la maternidad -sin forzar que cierre el sentido-, porque transita un período muy parecido al mío, porque se hace preguntas, porque de a momentos nos sentimos en nubes vecinas... porque se mudó hace un año también, y en el cuarto de Jana hay un árbol de Enamorada del Muro como en el de Tomás y en la cocina banderines de Lou, como en la mía... porque ilustra la gran Seel... Por todo eso hoy me di una gran panzada en el blog de Brenda, Iluminadas Tres.

Les dejo algunos posts que me llegaron mucho:

El amor, el amor

La mujer pulpo

Tan lunes

Y esta frase:

 Creo que lo mejor es ser uno mismo y punto. Confiar en uno. Tratar de no perderse y si pasa, volver a eje con la forma que uno quiera (o pueda). Y ponerse en el lugar del otro, eso cuenta -y ayuda- siempre respetando sus zapatos -los del otro-. A veces una (yo, por ejemplo) en momentos tan bisagra como puede ser el embarazao o la maternidad no necesita saber qué, cómo o dónde hacer impecable o mejor tal cosa, tal vez solo baste con un abrazo, un "aca estoy", un llamado o un lindo mimo.

 Feliz miércoles muchachada linda,

c.

jueves, agosto 1

el lado luminoso.



1° de agosto. ¿Alguien me cuenta cómo llegamos hasta acá? ¿Cómo, cuándo fue? Miro para atrás y me encuentro que ya van casi 6 meses desde que volví al trabajo. ¡6 meses! Hasta hace dos, volvía puntillosamente todos los mediodías a amamantar a Tomás, sin mucha conciencia del cansancio que venía con la suma de esos encuentros vespertinos.
6 dientes, un "Babababaá" y un incipiente gateo marcha atrás acreditan que mi chiquito creció. Está en ese momento justo en que no es un bebote ni todavía un niño.
La intensidad de la oficina de a momentos abruma. Fantaseo con vacaciones. La rutina por momentos me inquieta. El mal dormir definitivamente me tiene a mal traer.


1° de agosto. El día de la Pachamama que siguió a una noche con muy poco sueño lo empecé cambiando a Tomás en automático, con apenas media sonrisa, poniéndolo a la teta casi para comprender que medio ya fue, diciéndole a Pablo "No puedo más"; cerrando la puerta de casa mientras mi bebé me seguía con la mirada, yendo a sesión con mi genia Laura café con leche de por medio en Bar Oriente; comprando de camino unas suculentas para la oficina y otra más grande y rosada para casa; averiguando por los jazmines para cubrir de verde y perfume la terraza.

En mi muro de Facebook me esperaba este regalito de mi marido hermoso, con esta imagen de Sil Baylac y la frase: "Para mi amor y su esfuerzo diario!"

 
En Gmail me esperaban unas líneas de Vero que me llenaron de ternura, mientras ensanchaban mi sonrisa:

 Qué requetelindo verte ayer, qué bien me hace verte amiga!!! Sos pura paz, más allá de todo  lo que puedas llegar a esta viviendo, de "inquietante", por así llamarlo. GRACIAS por ser siempre una palabra de aliento y una mano así enorme!!! Te quiero mucho mucho!!!

Gracias, hermosos seres que me rodean, por recordarme el lado luminoso de mi vida cuando me nublo. Gracias Vero, gracias Laura, gracias Sil, gracias mi Tomi, gracias amor de mi vida y gracias Chet por esa increíble voz.

Feliz día de la Pachamama, muchachada!

c.

(La mamá que necesita ser apapachada)