martes, noviembre 27

regresos


No sólo vuelven Soda y The Police. Con noviembre llegaron otra vez dos perfumes que me hacen cosquillas y me ponen de buen humor: el de los jazmines y el de los tilos. Se reincorporaron las frutillas y las guindas a la ensalada de frutas; llovió y salió de nuevo el sol. Me reinscribí en el gimnasio y una noche se cortó la luz (que volvió media hora después); me subí a una bici después de diez años y pedaleamos por Palermo él y yo; conocí el Jardín Botánico y uno de los lagos (sí, desde que vine a bsas había dejado de hacer turismo); volví a ver a Spinetta, a Les Lutthiers y una obra que recontra recomiendo; cargué otra vez The Flamig Lips en el celu; el médico me dijo que mi quiste está nuevamente bajo control; volví a almorzar en el río con mis compañeros; extrañé más que nunca a mi amiga Eleo -que sigue en España y no amaga a volver; mi hermana Coco cumplió 23 y mi familia se reunió completa (bueno, sin mí) después de 14 años.(Foto por Pieich, mi fotógrafo preferido)

viernes, noviembre 23

la pensión (segunda parte)


(A pedido de mi microaudiencia!)
El chofer del taxi en el que mudé las cosas decidió hacerse de mi equipo de música. Así que mi llegada a “La Resi” fue entre puteadas y llantos. Me recibieron Lore y Ceci, nuestra nueva compañera de cuarto - una platinada aspirante a crupier de casino de la que heredé un vicio: depilarme las piernas con pincita. Había pc con Internet (ahí otra platinada divina que trabajaba en Disco me sacó mi primera casilla de e- mail); un mini gimnasio, un semipúblico (era la era pre- celular, cuando todavía se estilaba depositar unas moneditas para comunicarse con alguien); cinco heladeras, lavarropas, un dispenser de agua, una gorda malhumorada que nos retaba por todo; una petisa friolenta que dormía como una morza; una marplatense ochentosa de pelo rubio ceniza y jeans tiro alto; una cordobesa flaca y larga; una copada que se llamaba Rocío que gritaba por toda la casa y una sospechosa paz que duró poco tiempo…
Cuando me tocaba “Sociedad y Estado” –aún en Ciudad- me levantaba a las 5. Ponía dos despertadores y hacía saltar de la cama a Lore y a Ceci. Sé que me puteaban en silencio. Casi como yo a ellas cuando se quedaban hasta la madrugada fumando sus Marlboro Light y haciendo ruido con las demás en el hall. Todo se podía tolerar porque a la vuelta pasaba con el 15 por la esquina de mi futura casa, la actual, en el coqueto barrio de Las Cañitas. “Bueno, falta poco”, pensaba.
Me codeaba con “las grandes”: Rocío, Córdoba, Alejandra. Era su mimada. Hacíamos las compras en el Eki de la otra cuadra, tomábamos mates hasta tarde en el Parque Rivadavia y las noches de calor nos instalábamos en una heladería modesta en Carlos Calvo y Treintaytres Orientales. La sala de tevé, con sillones y obviamente caja boba, la copaban las aburridas con sus novios que venían de visita. Esas nos miraban desde arriba. Como diciendo: “nena, yo sólo estoy acá de paso”. Entonces se daban media vuelta con su jean de marca, agarraban del brazo al chongo en cuestión y volvían recién de madrugada. Entre el resto había una especie de fraternidad. Con Lore cada vez nos entendíamos mejor y lográbamos no celarnos si una de las dos se distraía con otra de las chicas. Todavía la recuerdo en una suerte de crisis de abstinencia porque NO podía comer sin mayonesa. Empezó a dar vueltas por todos los pisos preguntando quién podía prestarle, que le había cerrado el Eki, etc. En ese ínterin terminó su carrera de Perito Dactiloscópica, terminó también con el casado y se decidió a empezar Criminalística. No extrañaba ni un poquito a su abuela Noemí.
Así pasaban tranquilos los días. Pero con los primeros perfumes a tilo pasó algo que volvió la atmósfera tensa e insostenible.
Una de las amargas dejó apoyada su cartera unos minutos en la cocina. Cuando volvió ya no tenía su billetera. Gracias a sus amigos del banco en que trabajaba consiguió un listado de los lugares en que se había usado su tarjeta de crédito. Después, las imágenes de las cámaras de seguridad de los locales mostraron a Alejandra –la marplatense ochentona y simpática- comprándose pilchas. Era impensable de ella, así que ¿por qué no empezar a desconfiar todas de todas? Ya nadie quería colgar su ropa en el ténder común porque a otra de las amargas le había faltado su trajecito de “Ted Bodin”. Las heladeras empezaron a dividirse por cuartos y se les ponía candado. Para colmo a la gorda malhumorada la vinieron a buscar sus hermanos de los pelos por no sé qué cagada que se había mandado y la dormilona empezaba a bajar seguido y a desparramar su mala onda.
Pero llegó diciembre y con eso el fin del cbc y de mi estadía ahí. Cuando anuncié mi partida fue un melodrama. Un par lloraban por ahí, otras me hicieron regalitos, incluso una de las chicas pegó un cartel que decía “Voy a seguir escuchando tus cascabelitos por la casa”. En mi último almuerzo –no me olvido más- pedí un omelette de queso a Rafaello, el restaurante de la esquina, del cual por una cuestión de presupuesto me había abstenido siempre.

miércoles, noviembre 21


y por qué ya que está no se pone a tiritar en pelotas él también?

martes, noviembre 20

la pensión


El 24 de marzo de 1999, en el momento en que el auto de papá cruzaba la entrada a Capital sonó una canción de The Housemartins que después quedó asociada a otras lindas escenas de mi vida acá. Esa noche, como una nena que depositan en la guardería, me dejó en la pensión, “a ver cómo me desenvolvía”. Era una casona antigua sobre la calle Alsina. Ahí conocí a Noemí (la encargada) con sus tacones negros de bruja, su pelo corto y sus rasgos rígidos. A Sandra, una estudiante de psicología que ocupaba el cuarto de abajo, que celebraba que llevara mi equipito portátil (un Aiwa que después me robó un taxista) mientras se hacía una milanesa de soja al microondas. A Mariné, aspirante a periodista deportiva que se había tatuado el escudo de River en un brazo. A Vanesa, de Colón Buenos Aires, admiradora de la Mona Jiménez y con aires de diva. Y finalmente a Lorena, que había llegado desde Santa Clara del Mar para convertirse en Perito Dactilográfica y salía con un estudiante de policía.
Mi cuarto del segundo piso tenía cucheta, mesita y ventana al patio. Estaba pegado a la escalera que usaban los criados en otra época para no cruzarse con los dueños de casa. Todas las puertastenían trabas externas, un dato que atribuimos al pasado inmediato de la casa: geriátrico (¡Encerraban a los viejos!).
La primera mañana anuncié “voy al súper”, y me fui por el cordón de la calle, como si estuviera aún en Mar del Plata, mientras oía los bocinazos y puteadas a mi paso. Nos poníamos de acuerdo para cocinar. Hubo noches de pastas, de guiso y hasta de puchero. Cuando nos pintaba gordas íbamos al Coto a comprar una torta Rogel y nos tirábamos a mirar tele con Noemí mientras especulábamos con las historias de fantasmas de ancianos maltratados que se rumoreban. Una madrugada se nos apetecía un bizcochuelo de chocolate, así que salimos por todo Once diciendo que yo estaba embarazada y era vícitma de un antojo. Al fin conseguimos uno de cajita semi vencido, lo preparamos y lo comimos caliente y apelmazado.
Iba al CBC en Ciudad Universitaria. Ida y vuelta a bordo del 160. Ahí me hice una amiga también marplatense y me comía las gastadas de un pibe de barrio Norte que me enseñaba como pronunciar la Y. (“Shho, no”, me explicaba, “es szzo” .. ). Los fines de semana íbamos a bailar a El Cuervo o a Gallery en donde, birra en mano, nos encaraban entrerrianos de camisa adentro. Sonaba mucho Rodrigo. En una de esas noches el pibe con el que andaba -telemarketer, estudiante de economía en la Kennedy!! y novia en su pueblo natal- se paró delante de mí con otra rubia sin siquiera saludarme. Me hizo llorar tanto que decidí no verlo más. En las vacaciones de invierno me mudé con Lore a otra pensión, cerca, más barata, sin Noemíes ni fantasmas. “La resi”, se llamaba. Ahí convivíamos con unas treinta chicas más. (uyy qué largo!)

lunes, noviembre 19

el dilema del séptimo día


No es la alegría en sí la que descreativiza.. sino un poco eso que dice Marlon Brando más abajo.
Si no estás buscando, si no es desde el deseo, la carencia, la tristeza, la necesidad, la angustia, la incompletud... posiblemnte no crees algo nuevo y sincero. Con la panza llena podés hacer cosas buenas (ahi está "La lengua popular" de Calamaro como prueba), pero difícilmente se comparen con la visceralidad de una obra como Alta Suceidad, genunina y no perecedera.

jueves, noviembre 15

euphoria


El domingo me mostraste el Botánico, tu atajo de regreso a casa. El lugar de estudio en tus años de colegio, el escenario del antropófago que espantaba a nenes y viejos con la crudeza de su obra. En ese lugar me encandilaron tu entusiasmo y estas flores color coral con centro colorado, dulces y apasionadas.

miércoles, noviembre 14


Tenés hambre, poco tiempo, presupuesto moderado y estás cerca de Plaza de Mayo. Hora de comer en el Clásico Express, en Azopardo casi Belgrano. Si decidís sentarte a una mesa es probable que te atienda un mozo morocho peinado al gel efecto mojado que te trae el pedido en cuotas pero te lo compensa con una sonrisa. Y que siempre se acuerda de traerme los limoncitos para la Pepsi light. Si pedís para llevar en la caja te recibe una gordita de ojos grises y brazos tataudos que siempre tiene cambio. Entre ellos va y viene una petisa piscueta y eficiente que parece cargarse sobre los hombros la ebullición de cada mediodía. En las paredes, retratos de las glorias del automovilismo y una pizarra gigantesca con el menú completo. Lo mejor: la fugazzeta rellena, las ensaladas y los sandwiches de pan casero (¡viva el Sócrates con queso de cabra, berenjenas, aceitunas negras y nueces!). Me gusta comer rico, pero más valoro la buena onda y la porteñidad bien entendida que se respira en esos dos pisos.

martes, noviembre 13

cada una de tus cosas

Igual que yo preferís los números impares, no le sacás las frutas abrillantadas al pan dulce, tu horario -las 11:11- es la mitad del mío y me llamás simplemente Ceci (sí, tan simple como eso, pero sos el primero). Yo así supe que eras vos, además de algunas cosas más que me hacen quererte más y que no voy a divulgar.

"Sabés, a menudo las cosas creativas o positivas son producidas por razones que son irrelevantes. Son hechas a base de vanidad, o ansiedad o miedo". (Entrevista completa en RS noviembre).

sábado, noviembre 10

viernes, noviembre 9


Ver tele me hace mal, o como mínimo se vuelve algo incapaz de relajarme. No me relajan las chicas saludando a cámara (good bye celullitis!!, dicen contentas); no me relaja la tecnología "inspirada en mí", que promete precisión, originalidad, sofisticación y elegancia ... todo para cocinar un triste pollo o congelar lo que sobró de la comida. No soporto que las chicas seamos moneda de cambio para el sr Pepsi (si calificamos, porque parece que para eso hace falta ser pechocha y bancarte con altura un mini short ), ni que me eyecten por enroscada los sres Axe ni que el sr Brahma sugiera que en verdad mi novio no quiere conocer a mi mamá sino que prefiere desvestir a una viuda millonaria o comerse cruda a una colegiala.

jueves, noviembre 8

a lavar muchachos!

publicidad española de jabón para lavar ropa

escenas de plaza de mayo



Pensaba si mientras reprimía una manifestación con su machete habrá tenido un momento para ver el cielo

miércoles, noviembre 7


"Es dificil actuar frente a tantas camaritas, a personas que no están ahí, sino que son sólo sus cámaras", dijo ella.
Sacar fotos de los momentos más intensos es de algún modo posponer el disfrute, patear para adelante esa sensación que amenaza con desbordarnos. Si adorás a tu hijo (lo digo pensando en un amigo) no lo mates a flashazos. Abrazálo y decile que lo querés. Estoy casi segura de que esa compulsión a mediatizar el placer no tiene que ver con el avance tecnológico, sino que la tecnología vino a aliviarnos la carga que implica entregarnos por completo a un momento, y el miedo a perdernos en el intento.

jueves, noviembre 1

cotidiana/mente


Cada vez que se me cae un cuchillo me pregunto si tendrá algún significado; tengo un continuo debate interno sobre qué hacer con el papelito del chicle; la cucharita del café con leche -una vez cumplida su función- me plantea un dilema existencial (¿la dejo adentro de la taza? ¿la apoyo sobre la mesa? ¿en el platito?); la tarjeta de suscripción de rolling stone me llega a desquiciar hasta que por fin decido separarla y seguir leyendo; cuando saco la basura me debato entre cerrar la puerta del depto o dejar su suerte librada a la fuerza de la corriente de aire; nunca sé bien si prefiero pasillo de frente o ventanilla para atrás; cada vez que voy a la heladería me propongo sin éxito correrme del dulce de leche; se me complica entre limón y frutilla; entre cuba libre y mojito; entre bañarme de noche o de mañana; entre pollera y pantalón; entre suelto y atado...
Tengo éstos y otros dilemas a diario... ¿cómo sería la vida sin ellos?

¿cursi yo? ¡ si!

los días soleados, al emerger de la opresiva línea D en plaza de mayo, hay recompensa: un arco iris (de colores, como suelen ser todos) que se forma en la fuente con el agua y los rayos del sol